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La Única Dieta. Nutrición y conciencia

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Hola Mujer consciente…

Hoy ordenando cajones he encontrado un cuadernillo que me hice con «La Única Dieta» un libro que leí por primera vez hace muchos años, y del que no sé si actualmente está editado.

He vuelto a hojear sus páginas y pese a tener asumido su contenido desde hace tiempo, me ha resultado muy grato refrescar la idea central sobre la que se desarrolla. Todo mi ser ha vibrado al ver la lógica y la simplicidad de la que parte su autora, aunque se positivamente que no es un libro para todos los públicos ya que ha de llegarte en el momento oportuno, como todas las cosas que realmente importan.

 

Esta es la idea

«El alimento que ingieres pone tus sistemas en sintonía con un código vibratorio. Entonces absorbes energía vital pura a través de la respiración creando nuevos tejidos sobre la base directa del pensamiento.»

Demasiada información…

Es tanta la información que nos bombardea a cada instante sobre el tema de las dietas, la nutrición, el control del peso, etc., que este texto se ha convertido en un antivirus eficaz. Me basta con leer sus primeras páginas para extirpar de raíz cualquier virus o toxina informativa que se haya podido colar. Transcribo aquí esas primeras páginas que, de tan pura lógica y sentido común, inundan mi conciencia digestiva de paz y serenidad.

 

Si te preocupa tu peso o tu figura, cambia tu actitud y tu cuerpo utilizará el alimento de otra forma. Clic para tuitear

 

La Única dieta

«Ciertamente, la nutrición es el menos reconocido de los milagros cotidianos. La alquimia de la digestión y la formación de células nuevas están en la fuente del proceso vital. Un amigo mío ha concluido un largo experimento con las dietas. Después de crecer sobre la base de una dieta, típica de un estudiante de la Universidad de Columbia nacido en Brooklyn, emigró a Idaho donde ingirió durante un año «tantas drogas modificadoras de estados de conciencia como fuera posible». Pasó esta prueba en buena forma.

Luego fue a un monasterio Zen en California donde se convirtió en monje, sirviendo como jefe de cocina y jardinero. Por primera vez en dos años siguió un estricto sistema macrobiótico, sin dulces ni carne, limitándose gradualmente al arroz integral, ciruelas pasas y algunas verduras cocidas. Su salud era muy buena.

Después de casi tres años de esta dieta, se pasó repentinamente a otra dieta, que consistía solamente en frutas frescas y zumos. Desde el punto de vista macrobiótico, esto tendría que haberle provocado efectos drásticos y desagradables tanto en la mente como en el cuerpo. Pero él se sentía maravillosamente. De hecho, cuanto menos comía, mejor se sentía.

Llegó al punto en que, durante varios meses, se limitaba a masticar una o dos manzanas por día, tragando solamente el zumo y deshaciéndose de la pulpa. En este régimen descubrió que podía regular su peso a voluntad con sólo concentrarse en ello.

Continuó el régimen hasta el invierno cuando agregó algunas verduras para mantener el calor de su cuerpo. Un día, sentado a la mesa con los demás monjes, se dio cuenta súbitamente de que la «discriminación» que hacía con respecto a sus alimentos era un obstáculo a su práctica Zen. Entonces colocó cara arriba su cuenco invertido y aceptó la comida del monasterio que había rechazado tanto tiempo.

Posteriormente continuó aceptando cualquier alimento que se le ofreciese como lo mejor para él. Más adelante abandonó el monasterio para comprar una granja en el norte de California y dedicarse al cultivo de hortalizas y el cuidado de ganado. Su mesa era servida con lo que estuviese listo para cosechar en el día.

¿Existe la idea ideal?

Le pregunté qué había, aprendido sobre la dieta «adecuada». Reflexionó un instante y me dijo: «Es un estado de la mente.» Su teoría era que cuando uno come una zanahoria no son las células de zanahoria las que se transmutan en nuestro cuerpo para, convertirse en materia viviente.

Sobre la base de su experiencia con las manzanas pensaba que el alimento que ingerirnos pone nuestros sistemas en sinfonía con un código vibratorio. Entonces absorbemos energía vital pura a través de la respiración y creamos nuevos tejidos sobre la base directa del pensamiento. La zanahoria o manzana sirve a modo de auxiliar catalítico.

Mencionó muchos casos documentados de gente como Theresa Neuman que han vivido durante años en un estado de éxtasis religioso sin comer absolutamente nada. Asimismo, los hallazgos de la medicina homeopática indican que un remedio administrado en forma altamente diluida puede tener un efecto más potente que una dosis masiva de la misma sustancia. Pudiera ser que con solamente pensar «zanahoria» de la manera adecuada se activasen las mismas funciones que se ponen en marcha cuando la comemos.

Este libro, «La Única Dieta», encara esta premisa y ofrece un método práctico que se puede poner a prueba con toda seguridad. Vivenciamos aquello que creemos. Al cambiar nuestras actitudes, el cuerpo utilizará nuestro alimento de otra manera.»

 

 

Si quieres saber más…

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