Mujer descalza pisando la tierra al amanecer, envuelta en luz dorada, conectando con la naturaleza en un campo abierto.

Conectar con tu cuerpo para cuidar la Tierra

🌍 #EarthDay

Hola Mujer Consciente…
Hay mañanas en las que despierto con la sensación de que la Tierra respira debajo de mi cama.
No es una idea poética. Es algo físico. Una presión suave en la espalda, el peso del cuerpo sobre el colchón, la gravedad recordándome que pertenezco aquí. Antes de mirar el teléfono, antes de convertirme en agenda, soy simplemente cuerpo. Y ese cuerpo late sobre un suelo que no me pertenece, pero me sostiene.
He aprendido, no en libros, sino en la piel, que cuando me desconecto de mi cuerpo, también me desconecto del mundo. Empiezo a exigir, a apurar, a consumir. Como si el planeta fuera una extensión muda de mis prisas. Como si no tuviera pulso.

Conectar con tu cuerpo para cuidar la Tierra

Conectar con mi cuerpo y respetar lo que siento ha sido, paradójicamente, la forma más sencilla de cuidar lo que me rodea. Cuando me escucho, no necesito tanto. Cuando me siento, no arraso. Cuando descanso, no fuerzo. Y en ese gesto íntimo hay algo profundamente político, aunque yo no lo viva como ideología, sino como instinto.

La madre, el cuerpo y lo terrestre

Mi visión sobre la Tierra siempre ha estado atravesada por la figura de la madre.

No hablo de una madre idealizada. Hablo de la experiencia concreta: la que cada persona ha tenido. La relación que establecemos con nuestra madre, luminosa o herida, se filtra silenciosamente en cómo habitamos el cuerpo, cómo tocamos a quien amamos y cómo tratamos el suelo que pisamos.

Si mi primer vínculo fue cuidado, quizás aprendí que el cuerpo es casa.
Si fue ausencia o tensión, tal vez el cuerpo se convirtió en territorio en guerra.

Y desde ahí nos movemos por el mundo.

Creo profundamente que lo humano es alma, sí, pero también es canción susurrada en la cocina, es ritmo de pasos en un pasillo, es el olor de una piel que nos sostuvo. Es amor de madre en su forma más terrenal. Y es esa madre, presente o no, disponible o no, quien nos vincula con nuestra humanidad y con nuestra conciencia de lo terrestre. Incluso en lo sexual. Sobre todo ahí.

Porque el sexo no es solo impulso; es memoria corporal. Es la historia de cómo aprendimos a sentirnos seguros o expuestos. A entregarnos o a defendernos.

Cuidar el planeta sin épica

A veces pienso que la crisis ecológica también es una crisis de vínculo materno. No en un sentido literal, sino simbólico. Hemos aprendido a extraer sin escuchar. A usar sin agradecer. A exigir sin sentir el latido del otro lado.

Cuando me trato con más suavidad, algo cambia. No tiro comida con la misma ligereza. No compro por vacío. No me violento en nombre de la productividad. Empiezo a vivir como si el planeta fuera también un cuerpo. Y lo es.

La Tierra no necesita que la salvemos desde la culpa.
Necesita que recordemos cómo se siente estar sostenidos.

Quizás velar por el futuro del planeta no sea una tarea épica, sino íntima. Un gesto repetido: apoyar los pies descalzos en el suelo, respirar profundo, escuchar lo que duele antes de anestesiarlo.

Volver al cuerpo.
Volver a la madre.
Volver a lo terrestre.

Y dejar que, desde ahí, el cuidado ocurra casi sin esfuerzo.

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.

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