Mujer adulta sentada de espaldas junto a una ventana con luz natural suave en un interior minimalista de tonos neutros.

Lo que cambia cuando dejo de hablar como hija

Ayer hablé con mi padre.
Nada importante, en apariencia.
Un intercambio breve, cotidiano, de esos que podrían olvidarse enseguida.
Y, sin embargo, algo en el tono se quedó conmigo más tiempo del esperado.

Hablar desde otro sitio

No recuerdo exactamente cuándo empezó a cambiar nuestra manera de hablar.
No fue un día concreto.
Fue más bien un desplazamiento lento, casi imperceptible, como cuando una habitación deja de oler a casa y no sabes en qué momento ocurrió.

Durante mucho tiempo le hablé desde el lugar de hija.
Luego, sin anunciarlo, empecé a hablarle desde otro sitio.
A veces de igual a igual.
A veces con cuidado.
A veces esperando algo que no siempre llegaba.

Me pregunto desde dónde me escucha ahora.
Si me escucha como a una adulta.
Si me escucha desde su cansancio.
O si todavía habla conmigo desde una autoridad que ya no necesita, pero tampoco sabe soltar.

Con mi madre es distinto.
Siempre lo ha sido.
Hay algo en esa conversación que no necesita forma.
Sucede.

La madre nos hace humanos.
El padre nos hace personas.

No lo pienso como teoría.
Lo siento en el cuerpo cuando recuerdo la última conversación con cada uno.
No lo que dijimos, sino el clima que quedó después.
Ese resto invisible que se pega a la piel y nos acompaña durante el día.

Con el tiempo he entendido que esas conversaciones no se quedan en la cocina ni en el teléfono.
Viajan conmigo.
Se filtran en la forma en la que trabajo, en cómo me muevo, en la facilidad —o la dificultad— para ocupar mi lugar.

Hay días en los que el trabajo pesa más de lo que debería.
No porque sea excesivo, sino porque algo interno no está alineado.
Y durante mucho tiempo pensé que la solución estaba fuera: cambiar, exigir, forzar.

Hoy lo miro de otra manera.

No siempre se trata de que el otro cambie.
A veces se trata de cambiar el punto desde el que miramos.
De reconocer desde dónde estamos hablando y desde dónde estamos siendo escuchadas.

Somos razón, sí.
Pero también somos tiempo propio.
Espacio interno.
Un ritmo que necesita ser respetado.

Cuando la emoción lo ocupa todo, o cuando el contexto nos arrastra, no lo vivo ya como un fracaso.
Lo vivo como una señal.

Algo pide ser recolocado.
No con prisa.
No con fuerza.

Solo con presencia.

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.

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