Mujer sentada junto a una ventana, pensativa, en un interior burgués de principios del siglo XX, envuelta en una atmósfera de quietud y contención emocional.

Thérèse D.: el sometimiento silencioso y la herencia de la quietud

Hola Mujer Consciente…

Hay películas que no se ven: se atraviesan. Thérèse D. fue una de ellas para mí. Al terminarla no sentí ganas de hablar, sino de respirar hondo, como si algo dentro hubiera quedado ligeramente comprimido. No fue tristeza exacta, ni enfado. Fue una incomodidad sorda, lenta, que se quedó conmigo más tiempo del esperado.

Thérèse D.: el amargo aprendizaje de la quietud

A estas alturas de mi experiencia como lectora, larga, contrastada, silenciosamente exigente, puedo decir que pocas veces un párrafo ha vibrado con tanta fuerza dentro de mí. Hay palabras que no se leen: se incrustan. No piden interpretación, piden cuerpo.

Ese fragmento de Crimen y castigo volvió a mí mientras veía Thérèse Desqueyroux. Como si ambas historias compartieran un mismo nervio: el del sometimiento confundido con bondad. El de la pasividad aprendida hasta borrar el reflejo instintivo de defensa. El de quienes nacen ya colocados en el lugar de la víctima, sin saberlo.

En el crimen, Raskólnikov es apenas un brazo y un hacha. No hay humanidad, ni amor, ni siquiera odio. Y, sin embargo, está vivo. Lizaveta no lo sabe entonces, pero él es infinitamente más pobre que ella: puede ser apartado, juzgado, destruido. Ella no. Ella está clavada en su sitio desde siempre.

Ese es el punto ciego que no deja de perseguirme: la parálisis como destino heredado. Como enfermedad silenciosa. Como quietud que se confunde con virtud.

El sometimiento empieza antes del lenguaje

En Thérèse D. ese sometimiento se gesta desde la cuna. No como violencia explícita, sino como atmósfera. Como acuerdo tácito. Como una pedagogía del silencio. Muy pocas personas escapan de ahí, porque se les ha enseñado a llamar destino a lo que no es más que costumbre. Y, a veces, son las crisis, no la voluntad, las que vienen a romper ese hechizo.

La historia es conocida: adaptación de la novela homónima de François Mauriac (1927). Una joven que contrae un matrimonio de conveniencia con un hombre anodino, cerrado, ajeno al deseo. Una mujer que intenta encontrar equilibrio aceptando las reglas del mundo que la rodea. Una mujer que fracasa. Y que, en un gesto torpe y desesperado, intenta envenenar a su marido.

Lo que viene después no es solo justicia: es familia. Y eso es peor.

Una película que no consuela

Tengo que admitir que la película me dejó un poso de amargor. Al terminarla me sentí extraña, aturdida, lenta, como si hubiera heredado el mismo ritmo pesado de sus planos. Sentí la necesidad física de inspirar hondo: había una opresión interna, una incomodidad que no se iba.

La atmósfera es opresiva en sí misma. Y esa elección formal, distante, contenida, casi fría, coloca al espectador en un lugar incómodo. No hay alivio emocional. No hay catarsis.

Esa frialdad, en principio, parece coherente con lo que se retrata: una sociedad burguesa desprovista de humanidad, capaz de anteponer el orden, el apellido y la apariencia a cualquier emoción real. Es contra esa estructura contra la que choca Thérèse.

Y, sin embargo, algo se quiebra.

Cuando la distancia impide la empatía

Desde mi mirada, esa misma frialdad termina por jugar en contra del personaje. El planteamiento clásico logra mostrar el comportamiento mecánico de la sociedad, sí, pero también convierte a la protagonista en un engranaje más. Su desencaje no termina de comprenderse; su mundo interior apenas se filtra.

Thérèse parece, por momentos, otro títere del sistema. Y entonces la empatía no termina de nacer. No porque su dolor no exista, sino porque apenas se nos permite tocarlo.

Quizá ese sea, también, el gesto más honesto de la película: mostrarnos lo que ocurre cuando una vida ha sido educada para no reaccionar. Cuando incluso el gesto desesperado nace ya debilitado. Cuando la rebeldía llega tarde y sin lenguaje.

Salí de la película con esa sensación amarga que no se puede nombrar del todo. Como si algo hubiera quedado suspendido en el aire. Como una respiración contenida que todavía no sabe si va a soltarse.

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.

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