Manos sosteniendo una taza caliente junto a una ventana, envueltas en una manta suave, en un momento de pausa y silencio interior.

Pausas: cuando soltar se vuelve respiración

Aquí estoy.
La pausa no llega como un paréntesis, sino como una respiración que se abre paso sola.

La taza entre las manos no abriga: ancla. Me devuelve al peso exacto del cuerpo sentado, al vapor que sube lento, a ese silencio tibio donde algo empieza a aflojar.

No pienso en lo de ayer. Se decanta.
Como el poso que cae cuando ya no hace falta remover.

El alma, todavía un poco descalafatada, se recoloca sin prisa. No pregunta. No busca nombre.

Pausar es esto:
no empujar el cierre,
no dramatizar el gesto,
permitir que lo vivido termine de morir a su ritmo.

Inhalo.
Exhalo.

Arrullo lo que fue hasta que deja de pedir presencia.
Y entonces llegan, sin ruido,

los pesares en bandeja,
no como carga,
sino como ofrenda.

Los recibo con las manos abiertas.
No para resolverlos,

sino para reconocer el coraje de quien se mira de frente,
de quien habita su sentir sin atajos.

La pausa no detiene la vida.
La vuelve habitable.

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