Mujer sentada junto a una mesa bajo una luz cálida, acompañada por una reflexión sobre relaciones afectivas, autoestima y energía vital.

Lo que llevamos al trabajo sin saberlo

La historia de nuestros vínculos también nos acompaña cuando creemos estar hablando únicamente de trabajo, seguridad o autoestima.

Hola, Mujer Consciente…

Hay cosas que aprendemos a separar porque nos resulta más sencillo entenderlas así. El trabajo por un lado. La pareja por otro. La familia, la autoestima, el cuerpo, el descanso, la forma en que nos relacionamos con los demás. Como si cada parte de nuestra vida pudiera permanecer dentro de su propio compartimento y pudiéramos movernos de uno a otro dejando fuera lo que no corresponde.

Sin embargo, después de muchos años acompañando procesos, hay algo que observo una y otra vez: no llegamos a la vida adulta dejando nuestra historia afectiva atrás. Tampoco la dejamos en casa cuando nos vamos a trabajar. Llegamos con la manera en que aprendimos a sentirnos miradas, con el lugar que ocupamos entre nuestros hermanos, con aquello que hicimos para sentirnos reconocidas y con nuestra forma particular de reaccionar ante la aprobación, la comparación, el conflicto o el silencio. Llegamos también con algo mucho más sutil: la imagen que fuimos construyendo de nosotras mismas dentro de nuestras primeras relaciones.

Hay una historia anterior a la mujer que somos hoy

Hace poco trabajaba con una mujer joven sobre lo que denomino su mapa afectivo de inicio: esa primera estructura relacional en la que comenzamos a descubrir quiénes somos en relación con los demás. En su caso apareció el vínculo con su hermana menor. Lo interesante no era únicamente cómo era actualmente su relación, sino desde qué posición interior seguía relacionándose con ella.

Porque una relación puede haber cambiado por fuera y continuar prácticamente intacta por dentro. Podemos haber crecido, habernos independizado, construir una profesión, formar una pareja y tomar cientos de decisiones adultas y, sin embargo, seguir mirando a determinadas personas desde un lugar que pertenece a otra época de nuestra vida.

En esta mujer, aquella posición parecía reaparecer en escenarios aparentemente muy alejados de su familia. También en el trabajo. En cómo interpretaba la mirada de los demás, en cuánto reconocimiento necesitaba para sentirse segura, en la presión que ejercía sobre sí misma y en la dificultad para distinguir entre hacer bien su trabajo y tener que demostrar continuamente su valor. Algo semejante aparecía en su relación de pareja y en algunos aspectos del vínculo con su madre.

No creo que todo deba explicarse buscando en la familia. Sería una lectura demasiado simple y, además, nos dejaría atrapadas en una especie de arqueología permanente de nosotras mismas. Somos mucho más que nuestra historia de origen. Somos también las relaciones que hemos construido después, las experiencias que nos han transformado, las pérdidas, los encuentros, las decisiones tomadas y todo aquello que hemos ido comprendiendo —a veces muy lentamente— mientras vivíamos.

Pero nuestras primeras relaciones dejaron una huella. Y algunas de aquellas posiciones internas pueden continuar actuando mucho tiempo después. Lo observo cuando reaparecen ciertas formas conocidas: la necesidad de control, la comparación, la exigencia excesiva, el miedo a decepcionar o esa sensación difícil de explicar de que nunca es suficiente.

A veces pensamos que tenemos un problema de confianza profesional cuando quizá convendría ampliar un poco la mirada. Podemos preguntarnos qué sucede cuando alguien no reconoce inmediatamente lo que hemos hecho, por qué nos afecta tanto que otra persona destaque, de dónde procede esa necesidad de demostrar continuamente nuestro valor o por qué, incluso siendo mujeres adultas y competentes, poner un límite puede seguir resultándonos tan difícil.

No siempre encontraremos la respuesta en nuestra historia afectiva. Pero otras veces descubriremos que algo antiguo está intentando responder a una situación nueva.

Los vínculos también necesitan actualizarse

Esta idea me interesa especialmente porque solemos pensar que revisar un vínculo significa hablar con la otra persona, resolver un conflicto pendiente o conseguir que la relación cambie. Y no necesariamente. A veces el verdadero movimiento sucede cuando actualizamos dentro de nosotras quién es hoy esa persona y, sobre todo, quiénes somos nosotras frente a ella.

Una hermana ya no es aquella niña con la que compartimos la atención de nuestros padres. Nuestra madre no es solamente la mujer que conocimos cuando éramos pequeñas. Nuestra pareja tampoco es cada una de las personas que amamos antes. Y nosotras ya no somos exactamente aquella mujer que necesitaba ser elegida, aprobada, protegida o reconocida de una determinada manera.

Sin embargo, podemos continuar reaccionando como si nada de eso hubiera cambiado. Seguimos interpretando determinados silencios como los interpretábamos entonces, anticipando rechazos que quizá ya no existen o buscando un reconocimiento que pertenece a una necesidad mucho más antigua que la situación que tenemos delante.

Quizá madurar también consista en dejar de consultar continuamente aquellas versiones antiguas de nosotras mismas para interpretar el presente.

Durante mucho tiempo se ha hablado del bienestar profesional desde los hábitos: descansar mejor, alimentarnos bien, hacer ejercicio, aprender a organizarnos, reducir el estrés. Todo ello importa. Pero hay otro territorio menos visible. La mujer que entra cada mañana en una reunión es la misma que ama, que ha sido hija, quizá hermana y madre; la misma que alguna vez tuvo miedo de no ser suficiente y que aprendió determinadas maneras de protegerse, destacar, retirarse o buscar reconocimiento.

Por eso nuestra vida afectiva y nuestra vida profesional no son dos mundos completamente independientes. Se tocan, se mezclan y, en determinados momentos, una puede activar lugares muy profundos de la otra. Cuando empezamos a observarlo, dejamos de intentar corregir únicamente la conducta —trabajar menos, organizarnos mejor, controlar la ansiedad, aprender a decir que no— y podemos hacernos una pregunta anterior: ¿desde qué lugar de mí estoy viviendo esto?

Volver a mirarnos desde el presente

Hay algo profundamente liberador en descubrir que no tenemos que seguir respondiendo desde el lugar en el que aprendimos a hacerlo. Podemos querer a nuestra familia sin permanecer en la misma posición que ocupábamos dentro de ella. Podemos reconocer nuestra historia sin convertirla en destino. Podemos mirar a quienes nos acompañaron al principio y permitir que también ellos cambien dentro de nosotras.

Y podemos empezar a relacionarnos con el trabajo, con la pareja, con nuestros hijos y con nosotras mismas desde la mujer que somos ahora. No se trata de borrar lo vivido ni de convertir cada dificultad presente en una consecuencia del pasado. Se trata de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: comprobar de vez en cuando desde dónde estamos mirando.

Porque quizá una parte importante de crecer consista precisamente en eso: volver a nuestra propia historia cuando sea necesario, reconocer lo que todavía permanece allí y regresar al presente sin tener que seguir obedeciéndola.

Hay un momento en el que ya no necesitamos demostrarle nada a aquella antigua mirada.

Podemos dejarla descansar.

Y reconocernos aquí, en la mujer que somos hoy.

 

—

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.


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