Persona caminando sola por una calle urbana casi vacía al amanecer, con edificios a ambos lados y luz suave de primera hora del día.

Viviendo en la Matrix: ¿acaso no ves las señales?

Hola Mujer Consciente…

Hay mañanas en las que camino más despacio sin saber muy bien por qué.
No ocurre nada especial, y sin embargo algo se acomoda. La luz entra distinta por las ventanas, la ciudad parece contener la respiración, y yo también. En esos momentos tengo la sensación de que la vida no necesita decir más: ya está hablando.

Viviendo en la Matrix

¿Acaso no ves las señales? Están por todas partes.

Hay días en los que tengo la sensación de que la vida me habla en voz baja.
No grita. No insiste.
Simplemente deja cosas ahí: una frase que se repite, un encuentro inesperado, una imagen que vuelve una y otra vez.

Durante mucho tiempo pensé que las respuestas estaban lejos, escondidas en algún lugar al que aún no había llegado. Ahora empiezo a sospechar lo contrario: quizá siempre han estado delante de mí, esperando a que yo afinara la mirada.

Para quien necesita explicarlo todo, esto suena extraño. Ver señales implica algo incómodo: dejar de sentirse separado. Aceptar que no estoy fuera de la escena, observando, sino dentro de ella, implicada.

Como un pez que nunca se pregunta por el agua porque es justo eso lo que lo sostiene.

Cuando la atención cambia

Vivir como si el mundo tuviera un código no es fantasía ni magia. Es atención.
Es dejar de moverme en automático.

Mis sentidos, el cuerpo entero, en realidad, funcionan como antenas. Cuando bajo el ruido, cuando dejo de correr detrás de lo siguiente, empiezo a notar pequeñas coincidencias que no parecen casuales. No vienen envueltas en misterio; aparecen con la naturalidad de una señal de tráfico bien colocada.

No me detienen.
Me orientan.

Las señales no interrumpen la vida: la acompañan

No llegan para deslumbrar ni para convencer. Están ahí mientras camino: en una conversación escuchada al pasar, en un libro que cae en mis manos en el momento justo, en una emoción que insiste cuando intento ignorarla.

Cuanto más presente estoy, menos esfuerzo me supone verlas.

Al despertar, por ejemplo, necesito unos minutos para situarme. No para pedir nada, sino para recordar hacia dónde quiero mirar ese día.
Luego están los sentidos: tocar, escuchar, oler, mirar de verdad. Sin prisas.

Y también anotar. No para controlar, sino para reconocer patrones. Incluso lo incómodo —sobre todo eso— suele señalar algo que no estoy atendiendo.

La vida como diálogo

Empiezo a entender que nada es neutro.
Personas, situaciones, objetos: todo puede funcionar como espejo si me acerco con suficiente presencia.

Lo que llamamos sincronía no es un fenómeno excepcional. Es la vida respondiendo cuando dejo de tratarla como algo ajeno. Cuando dejo de mirarla como si me ocurriera desde fuera.

En ese punto, algo se recoloca. Ya no espero que los demás confirmen mis expectativas. Ya no observo “a la gente” como un bloque separado de mí. La atención vuelve a su sitio.

Estar dentro

No se trata de estar despierta todo el tiempo.
Se trata de asumir que participo.

Que no soy espectadora de mi experiencia, sino parte activa de la trama que se teje cada día. Y que, cuando afino la escucha, las señales no desaparecen: simplemente dejan de ser extraordinarias.

Siguen ahí.
Como el agua.

Lecturas recomendadas

Cuando aprendí a bajar la guardia
Un texto que dialoga con la idea de dejar de vivir en tensión y permitir que la vida se acerque sin defensa, afinando una presencia más disponible.

Arquetipos en la relación: cuando lo masculino y lo femenino se reconocen
Una exploración de los movimientos internos que se activan en el vínculo y de cómo esas dinámicas también funcionan como señales cuando aprendemos a mirarlas.

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.

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