
Viviendo en un Universo Holográfico: Señales, Sincronías y Positividad
Hola, Mujer consciente…
Hoy quiero hablarte de esas pequeñas escenas que aparecen en medio de un día cualquiera y, por alguna razón, se quedan conmigo.
A veces las llamamos señales. Otras, sincronías.
Yo las siento como momentos en los que algo de fuera parece encontrarse, casi silenciosamente, con algo que ya estaba sucediendo dentro de mí.
Quizá a eso me refiero cuando hablo de vivir en un universo holográfico: a esa sensación de que nada está completamente separado y de que, en ocasiones, la vida parece devolvernos una imagen de lo que estamos viviendo.
El polluelo que cayó del nido
Hoy salgo de una reunión de equipo especialmente clarificadora.
Camino con esa sensación que queda en el cuerpo cuando algo termina de colocarse. Como si hubiera atravesado una etapa y pudiera, por fin, dejarla atrás.
A pocos pasos encuentro un polluelo muerto en el suelo.
Se ha caído del nido.
No sé por qué. Solo veo ese cuerpo pequeño que no llegó a completar ese momento tan sencillo y tan enorme: echar a volar.
Sigo caminando hacia el supermercado y la imagen viene conmigo.
Ya dentro, escucho una conversación entre una mujer joven y un hombre mayor.
—¡Hay que ver lo de ser mamá! Necesitaría 26 horas.
—Y aun te faltarían varias —responde él.
Sonrío.
No porque piense que la vida me está enviando un mensaje que deba descifrar, sino porque reconozco el hilo.
Durante esos días estoy trabajando precisamente con Primera Infancia, un ebook dedicado a los primeros años de vida.
Y de pronto están ahí, casi juntos: una etapa que siento que termina, un polluelo que no llegó a volar, una madre hablando del tiempo que no alcanza y yo pensando en esos primeros años que dejan tanta huella.
Hay días en los que las imágenes parecen encontrarse solas.
Cuando una etapa queda sin terminar
Durante años he llamado “el síndrome del polluelo que cayó del nido” a una experiencia que he reconocido muchas veces en las personas que he acompañado.
La sensación de haber tenido que salir demasiado pronto.
De llegar a la vida adulta llevando todavía dentro algo que no terminó de asentarse en aquellos primeros años.
Puede aparecer en una mujer sola, en una madre, en un hijo, en una hija.
La forma cambia.
La sensación profunda se parece: hay una parte de una misma que todavía busca completar algo.
Quizá por eso aquel pequeño polluelo me impresionó tanto.
No era solamente lo que estaba viendo.
Era lo que esa imagen despertaba en mí.
Las palabras que permanecen
Un par de días después vuelvo a encontrarme con otra escena cotidiana.
Estoy en el supermercado y cerca de mí hay una abuela con su nieta, una niña de unos once meses.
La pequeña se asusta y comienza a llorar.
La abuela dice, medio en broma:
—¡Esta niña se asusta de todo! Si sigue así, no va a encontrar novio…
Es una frase pequeña.
De esas que quizá se dicen y se olvidan en el mismo instante.
Pero mientras la escucho recuerdo a una mujer a la que acompañé y una frase que había permanecido durante años dentro de ella:
“Con el mal genio que tienes, nadie te va a querer”.
La había escuchado de su madre.
Y mucho tiempo después todavía aparecía, de distintas maneras, en sus relaciones y en su miedo a perder a las personas que quería.
Entonces vuelvo a pensar en todo lo que recibimos sin saber que lo estamos recibiendo.
Palabras.
Gestos.
Formas de mirar.
Maneras de amar y de tener miedo.
A veces vienen de nuestras madres, de nuestras abuelas, de nuestras tías, de las personas que estuvieron cerca cuando todavía estábamos aprendiendo quiénes éramos.
Y algunas permanecen mucho más tiempo del que imaginamos.
Positivar no es negar lo vivido
Con los años he entendido positivar de una manera diferente.
No como obligarme a pensar en positivo.
Tampoco como borrar lo que dolió.
Para mí, positivar es poder volver a una experiencia y encontrar una manera distinta de sostenerla en el presente.
No necesito regresar literalmente al pasado.
Lo que quedó de él aparece muchas veces ahora: en una emoción inesperada, en una reacción, en una frase que me hiere más de lo que debería, en una situación que se repite.
El cuerpo reconoce antes de que yo pueda explicarlo.
Y ahí puedo mirar.
No para corregir mi historia.
No para convertir todo lo vivido en algo bueno.
Solo para que aquello que ocurrió no siga ocupando exactamente el mismo lugar dentro de mí.
Quizá algunas experiencias relacionadas con mi padre aparezcan con más fuerza cuando estoy frente al trabajo, la autoridad o mi lugar en el mundo.
Quizá otras, vinculadas a mi madre, se despierten en la intimidad, en el afecto o en mi manera de relacionarme.
No siempre sucede así.
La vida nunca es tan exacta.
Pero observar esos hilos me ha ayudado muchas veces a reconocer de dónde viene una emoción que parecía pertenecer únicamente al presente.
Echar a volar
Todavía recuerdo aquel polluelo.
No como una advertencia.
Ni siquiera como una respuesta.
Lo recuerdo como una imagen que apareció en un momento preciso de mi vida y que me hizo detenerme.
Hay etapas que completamos a su tiempo.
Otras quedan abiertas durante años.
Y algunas regresan cuando ya somos adultas, quizá porque ahora tenemos la conciencia —y la vida vivida— necesarias para mirarlas de otra manera.
Tal vez cerrar una etapa no sea olvidar lo que ocurrió.
Tal vez sea poder llevarlo con nosotras sin seguir viviendo dentro de ello.
A veces la vida me habla así.
En una reunión.
En el camino al supermercado.
En una frase escuchada al pasar.
En un pequeño polluelo caído del nido.
Y yo sigo caminando.
No siempre sé qué significa.
Pero algunas imágenes permanecen conmigo.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.
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