
En sus zapatos… o la importancia de ser tú misma
Hola Mujer Consciente…
Hay momentos en los que ser una misma no consiste en defender quién eres, sino en descubrir que ya no necesitas hacerlo.
Hace ya algunos años conseguí atrapar uno de esos fantasmas que aparecen una y otra vez hasta que, un día, consigues verlo con claridad: el fantasma de la rabia.
No ocurrió durante una gran discusión ni después de un acontecimiento especialmente importante. Fue algo cotidiano, casi insignificante visto desde fuera, pero recuerdo perfectamente la sensación de haber comprendido algo que hasta entonces solo sabía de manera teórica.
Siempre me ha gustado esa frase que dice que, antes de juzgar a alguien, deberíamos caminar un kilómetro en sus zapatos.
Durante mucho tiempo pensé que ponerse en los zapatos del otro significaba intentar comprender sus razones, imaginar qué le había llevado a comportarse de determinada manera. Con los años he descubierto que para mí significa también otra cosa: no cargar con lo que el otro despierta en mí.
Porque cuando me enfado con alguien y me alejo sin haber resuelto lo ocurrido dentro de mí, esa persona puede quedarse atrás, pero yo me la llevo puesta. Me llevo su frase, su gesto, lo que creo que quiso decir, lo que tendría que haber contestado… y esa conversación puede acompañarme durante horas, incluso días.
Las conversaciones que seguimos llevando dentro
Es curioso cómo funciona.
Una mujer sale de una cafetería después de encontrarse con alguien a quien quiere. Antes de despedirse, esa persona hace un comentario desafortunado. No es nada especialmente grave, pero toca justo donde no debía.
Mientras camina hacia casa empieza a darle vueltas.
No debería haberme hablado así.
Podría haberle contestado esto.
Después de todo lo que hago…
Una calle, otra calle, y la conversación sigue ocurriendo, aunque el otro ya no esté allí.
Hasta que, en algún momento, quizá esperando para cruzar un semáforo o viendo distraídamente su reflejo en un escaparate, aparece una idea mucho más sencilla:
Pero si yo sé quién soy.
Y algo se afloja.
La frase sigue existiendo. Lo ocurrido también. Pero ya no necesita cargarlo consigo durante el resto del camino.
Algo parecido me ocurrió a mí aquel día.
No necesitaba recoger aquello
Mi pareja hizo un comentario que me hizo pensar que no me entendía. Y precisamente porque era una de las personas más importantes de mi vida, la reacción apareció inmediatamente.
Noté esa carga tan conocida en las vísceras y, detrás de ella, comenzaron a llegar todos los argumentos que justificaban un posible enfado.
Pensé en ir a buscarle y explicarme. Quería hacerle comprender por qué estaba equivocado, dejar clara mi postura, asegurarme de que entendiera lo que yo había querido decir.
Lo de siempre.
Pero aquella vez ocurrió algo diferente.
De pronto pensé que no era tan importante.
Yo sabía quién era. Sabía de dónde venía. Sabía cómo funcionaba.
Probablemente su comentario tenía mucho más que ver con su cansancio, su saturación o simplemente con el momento que estaba viviendo que conmigo.
Y lo dejé pasar.
Lo sorprendente fue que no tuve que hacer ningún esfuerzo. No me estaba conteniendo ni tragándome el enfado. Tampoco estaba intentando ser comprensiva o hacer «lo correcto».
Simplemente sentí que no necesitaba recoger aquello.
A los pocos minutos apareció con una sonrisa encantadora. Yo también sonreí y la tensión se había disuelto.
No hubo conversación pendiente.
No hubo necesidad de aclarar nada.
Recuerdo la sensación que vino después. Una mezcla de alivio, alegría y una especie de orgullo íntimo porque algo que se me había resistido durante mucho tiempo acababa de suceder con una facilidad inesperada.
Otras veces había conseguido evitar una discusión escribiendo para calmarme, respirando, razonando conmigo misma o intentando comprender al otro.
Esta vez no hice nada de eso.
Y precisamente por eso supe que algo había cambiado.
Del dicho al hecho
Durante años había repetido aquello de «no me importa lo que los demás piensen de mí».
Lo entendía. Estaba de acuerdo. Incluso pensaba que lo tenía bastante integrado.
Pero del dicho al hecho va un trecho.
Aquel día sentí por primera vez que era verdad.
Fue casi como escuchar una vocecita muy clara dentro de mí diciéndome:
No vayas.
No necesitas demostrar nada.
No necesitas sacudir emocionalmente al otro para recuperar tu sitio.
Y no fui.
Creo que ahí comprendí algo sobre la importancia de ser una misma que hasta entonces se me había escapado.
Ser yo no consiste en conseguir que los demás entiendan quién soy. Tampoco en corregir cada interpretación equivocada que alguien pueda hacer de mí.
A veces ser yo consiste precisamente en no salir corriendo detrás de esa interpretación.
El otro puede estar cansado, saturado, enfadado o sencillamente equivocado. Puede verme desde su propio estado y decir algo que no tiene demasiado que ver conmigo.
Puedo intentar ponerme en sus zapatos y comprenderlo, pero sin abandonar los míos.
Ese pequeño «ahora verás quién soy yo»
Durante mucho tiempo confundí fortaleza con responder, explicar, defender mi posición o dejar claro quién era.
Detrás de muchas discusiones había un pequeño «ahora verás quién soy yo» que necesitaba salir y hacerse escuchar.
Aquel día no apareció.
O apareció, pero ya no consiguió llevarme con él.
Y eso fue lo verdaderamente nuevo.
No necesitaba demostrarle quién era porque yo ya lo sabía. Tampoco necesitaba que él lo reconociera en aquel preciso instante para seguir sintiéndome yo.
Con el tiempo he pensado muchas veces en aquella escena tan pequeña.
No porque desde entonces nunca haya vuelto a enfadarme —la vida no funciona así—, sino porque allí pude reconocer por primera vez esa diferencia entre defender quién soy y, sencillamente, serlo.
La seguridad me la da saber quién soy.
La certeza, recordar de dónde vengo.
Y la confianza, saber hacia dónde quiero caminar.
Quizá ponerse en los zapatos del otro sea necesario algunas veces.
Pero sin olvidar volver a los propios.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.
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