Mujer descansando después de entrenar en un espacio íntimo iluminado por luz natural, conectando con su cuerpo y respiración.

El ejercicio como bendición. Celebra tu cuerpo en movimiento

Hola Mujer consciente…

Hay días en los que una mujer siente que no está entrenando un músculo, sino una memoria.

Y entonces comprende que el cuerpo no siempre se resiste por falta de fuerza.
A veces se protege.
A veces espera.
A veces simplemente necesita que alguien, por fin, lo escuche sin exigirle nada.

He pensado mucho en esto durante las últimas semanas. En cómo aprendemos a vivir desconectadas de nuestras piernas, de nuestro vientre, de nuestra respiración… como si el cuerpo fuese sólo algo que transportar mientras la vida ocurre en otra parte.

El cuerpo también recuerda

Pero la vida ocurre aquí.
En la piel.
En el movimiento.
En la forma en que pisamos el suelo.

Y quizá por eso esta experiencia necesitaba ser escrita.

Celebra tu cuerpo en movimiento

Viernes 14 de marzo de …

Hoy me ha sucedido algo que podría pasarle a cualquier mujer que empiece a escucharse de verdad. Algo profundamente orgánico. Natural. Incluso amoroso, aunque al principio resulte desconcertante.

Justo después de escribir el borrador de esta entrada vi una entrevista en YouTube donde hablaban del ejercicio desde un lugar completamente distinto al habitual. No como castigo. No como exigencia. Sino como una celebración del cuerpo vivo.

Y algo dentro de mí hizo clic.

“Si hoy al despertar pudiste salir de tu cama, moverte y hacer tus tareas con normalidad… estás bendecida.
¿Qué tal estás honrando este milagro?”

Aquellas palabras pusieron luz sobre algo que llevaba tiempo sintiendo.

Ejercicio y nutrición como medicina

Hace tiempo que integré ejercicios de fuerza en mi rutina diaria. Nada extremo. Sin máquinas. Sólo pesas, resistencia corporal y presencia.

Después de años practicando yoga, pilates y movimiento consciente, mi cuerpo empezó a pedirme algo más. Y decidí escucharlo.

Comencé con dos sesiones semanales de abdominales de apenas veinte minutos. Poco a poco fui notando cambios: más fuerza, más estabilidad, más energía. Mi cuerpo aceptaba el reto.

Pero había algo que seguía resistiéndose.

Las piernas.

¿Qué te cuesta más ejercitar?

Con los brazos, la espalda o el abdomen conecté enseguida. Pero el tren inferior era distinto.

No porque no me esforzara.
Soy constante.
Comprometida.

Y aun así, cada vez que tocaba rutina de piernas o glúteos, algo en mí quería escapar.

Mi cuerpo remoloneaba.
Se tensaba.
Sufría.

Y aquello me llamaba profundamente la atención porque yo no relaciono el movimiento con el sufrimiento. Nunca lo he hecho.

Así que observé.

Siempre que algo se repite en mí le concedo tiempo antes de interpretarlo. Observo si desaparece solo, si se mantiene o si existe un patrón detrás.

Y el patrón estaba claro.

El día de piernas había resistencia.

Hoy tocaban piernas y glúteos

Mientras entrenaba empecé a preguntarle a mi cuerpo:

“¿Qué os pasa, bonitas?
¿Por qué sufrimos aquí?”

Incluso les canté un poco, medio en broma, medio en serio.

Y aunque físicamente veía progreso —más fuerza, resistencia y estabilidad— había algo emocional que no lograba atravesar. Una incomodidad antigua. Profunda. Casi visceral.

Terminé la rutina y me tumbé para hacer unos minutos de hipopresivos, respiración y estiramientos.

Entonces ocurrió.

Mantén el observador activo

Mi cuerpo comenzó a vibrar suavemente.

Primero fueron pequeños temblores. Después, movimientos más intensos y espontáneos. Mi pelvis se sacudía contra el suelo mientras yo mantenía la atención en la respiración.

No había miedo.
Sólo observación.

Y empezaron a aparecer imágenes.

Mi cuerpo adoptaba posturas que me hablaban de otros tiempos. De una feminidad vivida desde la desconexión. De momentos íntimos donde yo no estaba realmente presente en mí misma.

Momentos en los que complacía.
En los que fingía.
En los que me abría sin habitarme.

Lo observaba todo desde la mujer que soy hoy.

Como si mi cuerpo estuviera mostrándome una memoria que aún seguía viva en mis piernas, en mi pelvis, en mi vientre.

Después llegaron unas contracciones muy intensas en el abdomen. Como un impulso profundo de expulsar algo antiguo.

Y entonces lo entendí.

Respiración consciente, la gran aliada

Hace unos días fue mi cumpleaños.
Pronto también será el aniversario del nacimiento de mis hijas.

Mientras mi cuerpo pujaba comprendí algo que jamás había visto con claridad:

Mi primer parto había quedado inconcluso dentro de mí.

No en lo médico.
En lo corporal.

Era muy joven. Estaba anestesiada. Desconectada de mi instinto y completamente ausente de mi propia sabiduría física. Recuerdo aquel nacimiento como algo que sucedió “a través de mí”, pero no conmigo.

Mi cuerpo no pudo vivir plenamente el acto de parir.

Y quizás aquella experiencia quedó suspendida en algún rincón de mi memoria física esperando completarse algún día.

Aquella secuencia duró apenas unos minutos.

Después llegó la calma.

¿Y qué tiene todo esto que ver con las piernas?

Mucho.

Porque el cuerpo no siempre distingue entre pasado y presente. Y cuando una experiencia queda bloqueada emocionalmente, a veces seguimos intentando avanzar sosteniendo memorias que todavía no han sido escuchadas.

Entonces aparece la presión.
La resistencia.
El cansancio sin explicación.

No porque el cuerpo esté en contra nuestra, sino porque intenta llevarnos hacia aquello que aún necesita presencia.

Restaurar los hilos del tiempo

Aquella mujer que fui vivía muy lejos de sí misma.

La Ana de hoy, en cambio, respira distinto. Ama distinto. Habita su cuerpo de otra manera.

Y quizá por eso el movimiento terminó convirtiéndose en una puerta.

No hacia el rendimiento.
Sino hacia la memoria.

Voy a dejar aquí esta parte del relato porque sentí la necesidad de observar durante un tiempo antes de compartirlo.

Necesitaba comprobar si aquello había transformado algo real.

Al día siguiente

Al despertar sentí mis pies diferentes.

Durante una secuencia de yoga me di cuenta de que apoyaba el peso casi de puntillas, como intentando ocupar menos espacio. Menos tierra. Menos presencia.

Cuando corregí conscientemente la pisada ocurrió algo muy sutil:

Mis piernas respondieron con más fuerza.

Y pensé:

“¿Y si toda mi vida hubiese caminado así?”

Confirmado: ya no sufro con las rutinas de piernas

Hoy es  27 de abril.

Han pasado cuarenta y cuatro días desde aquella liberación emocional y puedo decir que algo ha cambiado profundamente.

Las rutinas de piernas ya no me producen rechazo.
Ya no siento aquella resistencia interna.
Mi cuerpo responde desde otro lugar.

Más unido.
Más presente.

La vida es una experiencia orgánica

Caminar con tus propias piernas, hablar con tus propias palabras y amar desde tu propia sensibilidad sólo es posible cuando empiezas a liberar las memorias que no te pertenecen.

Entonces ocurre algo difícil de explicar:

Ves de verdad.
Escuchas de verdad.
Respiras de verdad.

Y la vida adquiere una textura distinta. Más luminosa. Más viva.

No porque el mundo cambie, sino porque tú vuelves a habitarte.

Déjate sentir

Quizá eso sea lo único verdaderamente importante:

Aprender a escucharnos.

Dar espacio al cuerpo.
Observar nuestras emociones sin huir inmediatamente de ellas.
Permitir que ciertas memorias encuentren salida a través del movimiento, la respiración o la presencia.

A veces el cuerpo sólo necesita tiempo y conciencia para reorganizarse.

Y no siempre hace falta entenderlo todo mentalmente.

A veces basta con sentir.

Quizá el cuerpo no esté pidiendo que lo fuerces más, sino que aprendas a habitarlo con mayor presencia.

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Explore
Drag