
Cuando aprendí a bajar la guardia
Hola, mujer consciente.
Hoy te comparto un texto que nació despacio, desde el cuerpo y no desde la idea.
Habla de ese momento sutil en el que bajar la guardia deja de ser rendirse
y empieza a ser otra forma de presencia.
Si te encuentra, quédate.
Cuando aprendí a bajar la guardia
Confianza, cuerpo y vínculos que no repiten la herida
El cuerpo lo supo antes de confiar
La primera vez que lo noté fue en el cuerpo.
No fue una idea.
Fue una contracción leve en el pecho cada vez que alguien se acercaba demasiado.
Una vigilancia silenciosa, casi elegante.
Como si una parte de mí estuviera siempre de guardia, incluso en los días tranquilos.
Aprender a sostenerme sola
Crecí aprendiendo a sostenerme sola.
No como un logro, sino como una necesidad.
Sabía avanzar, decidir, resolver.
Pero no sabía descansar en otro sin sentir que algo me iba a costar caro.
Había gestos que me incomodaban sin razón aparente:
una voz firme,
una presencia demasiado segura,
una mano que se ofrecía antes de que yo la pidiera.
No huía.
Pero tampoco me quedaba del todo.
La memoria del cuerpo en los vínculos
Con los años entendí que no desconfiaba de los hombres en sí.
Desconfiaba de lo que esa fuerza había significado antes.
Cuando la presencia se volvió amenaza
De cómo, en otras escenas, había llegado sin preguntar.
De cómo había confundido dirección con imposición,
cuidado con control,
presencia con amenaza.
Mi cuerpo había aprendido antes que yo.
Elegir vínculos desde la defensa
Así elegí vínculos que no pedían mucho.
O que pedían demasiado.
Vínculos donde podía mantenerme alerta,
o donde el peligro era tan evidente que no había confusión posible.
El miedo a lo tranquilo
Lo que no sabía hacer era quedarme cuando algo era claro y tranquilo.
Eso me inquietaba más.
Cuando el cuerpo pide una pausa
Un día, sin grandes revelaciones, algo empezó a moverse.
No fue una persona.
Fue una pausa.
Me di cuenta de que estaba cansada de tensar los hombros.
De anticipar el golpe que no siempre llegaba.
De confundir libertad con soledad.
Otra forma de confiar sin perderse
Empecé a mirar esa fuerza con otros ojos.
No para justificarla.
Tampoco para idealizarla.
Solo para verla.
Cuando sostener no invade
Entendí que no todo lo firme empuja.
Que no todo lo estable encierra.
Que existe una manera de sostener que no quita espacio.
Algo dentro aflojó.
No de golpe.
Como aflojan las manos cuando ya no hace falta apretar.
Elegir distinto en los vínculos
Desde entonces, no confío a ciegas.
Pero tampoco vivo en defensa permanente.
Aprendo a distinguir.
A quedarme cuando el cuerpo no se contrae.
A irme cuando algo se endurece.
Un umbral abierto
Hoy sé que no se trata de encontrar afuera lo que faltó.
Se trata de permitir, adentro, una fuerza que no invade.
Que acompaña.
Que está.
Cuando eso ocurre,
camino distinto.
Elijo distinto.
Me vinculo sin repetir la herida.
No porque ya no exista,
sino porque ya no decide por mí.
Y aun así, algo queda abierto.
Porque a veces bajar la guardia es solo el primer gesto.
Lo más difícil viene después:
cuando ya no hay peligro
y el cuerpo aprende, despacio,
a quedarse.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.




