
Nuestro rincón arcoíris: cuando dejamos de consultar versiones antiguas de nosotras mismas
Hola Mujer Consciente…
Hay una edad de la vida en la que dejamos de intentar convertirnos en alguien y empezamos, poco a poco, a reconocernos.
No sucede de golpe.
Ocurre en pequeños momentos.
En una conversación que nos alcanza por dentro.
En una sensación inesperada de descanso.
En la certeza silenciosa de que ya no necesitamos seguir midiéndonos con la mujer que fuimos.
La identidad femenina no siempre se construye avanzando.
A veces madura cuando dejamos de sostener versiones antiguas de nosotras mismas.
Cuando comprendemos que la vida no nos pide perfección, sino presencia.
Que el cuerpo guarda una sabiduría que llega antes que las explicaciones.
Y que hay espacios donde, al escucharnos unas a otras, también aprendemos a escucharnos a nosotras mismas.
Este texto nace de uno de esos lugares.
Cuando dejamos de consultarnos desde el pasado
Hay una edad de la vida en la que dejamos de intentar convertirnos en alguien y empezamos, poco a poco, a reconocernos.
No sucede de golpe.
Ocurre en pequeños momentos.
En una conversación que nos alcanza por dentro.
En una sensación inesperada de descanso.
En la certeza silenciosa de que ya no necesitamos seguir midiéndonos con la mujer que fuimos.
La identidad femenina no siempre se construye avanzando.
A veces madura cuando dejamos de sostener versiones antiguas de nosotras mismas.
Cuando comprendemos que la vida no nos pide perfección, sino presencia.
Que el cuerpo guarda una sabiduría que llega antes que las explicaciones.
Y que hay espacios donde, al escucharnos unas a otras, también aprendemos a escucharnos a nosotras mismas.
Este texto nace de uno de esos lugares.
Un lugar más amplio dentro de mi historia
Hay encuentros que no terminan cuando cerramos la pantalla o recogemos las sillas.
Se quedan unos días más viviendo dentro de nosotras.
Así fue esta última Autoescucha.
Al volver a casa sentí algo difícil de nombrar. No era euforia. Tampoco emoción. Era más parecido a cuando una habitación oscura recibe luz suficiente para reconocer lo que siempre estuvo allí.
Mientras escuchaba a las demás mujeres hablar, algo en mí iba encontrando espacio.
Como si experiencias que durante años habían permanecido apretadas en rincones pequeños de mi historia pudieran por fin respirar.
La mujer que fui ya no tiene todas las respuestas
Me acompañó una imagen toda la mañana.
La de dejar de consultar versiones antiguas de mí misma.
Dejar de buscar respuestas en quien fui hace diez, veinte o treinta años.
Dejar también que otros me lleven allí.
Porque hay personas, recuerdos e incluso pensamientos que insisten en presentarnos expedientes viejos cuando la vida ya nos está escribiendo capítulos nuevos.
Y sin embargo mis piernas seguían aquí.
Ancladas.
Sosteniéndome en este presente.
Recordándome que el tiempo no pasa en vano.
Lo que aprende una piedra cuando sigue su camino
Que una piedra no se vuelve suave porque sí.
Necesita años de agua, de movimiento, de roce, de camino.
Pensé en aquella piedra rodada que apareció durante la sesión y entendí algo sobre mí.
No necesito volver atrás para encontrarme.
Necesito seguir experimentando.
Seguir viviendo.
Seguir dejándome transformar.
Los frutos que nadie vio crecer
Quizá por eso también apareció la celebración.
La copa de cava.
El primer melocotón del verano.
Ese sabor que se disfruta desde el primer bocado hasta el último porque sabe a estación cumplida.
A cosecha.
A frutos que no nacieron hoy, sino durante todo el invierno silencioso que nadie vio.
Todo está bien
Y mientras escuchaba, otra comprensión se abría paso suavemente.
Mis padres no lo hicieron todo bien.
Yo tampoco lo he hecho todo bien.
Nadie llega intacto a la vida de los demás.
Pero por primera vez no sentí culpa ni necesidad de reparar nada.
Solo una profunda sensación de orden.
Como si una voz tranquila dijera:
todo está bien.
Estás en el tiempo y en el espacio correcto.
La confianza tranquila de las montañas
Entonces comprendí también por qué siempre me han emocionado las montañas.
No es solo su belleza.
Es su presencia.
Su manera de permanecer.
Esas rocas inmensas que han atravesado estaciones, tormentas y siglos sin dejar de ser ellas mismas.
Algo en mi cuerpo las reconoce.
Algo en mí sabe que también estoy aprendiendo esa forma de confianza.
La confianza de quien ya no necesita demostrar.
La de quien empieza a expresarse.
La de quien se atreve a decir lo que siente.
El idioma invisible que compartimos
Hubo momentos en los que sentí que estábamos celebrando algo sagrado.
No porque ocurriera nada extraordinario.
Sino porque varias mujeres habitábamos el mismo idioma invisible.
Un lenguaje hecho de silencios, de gestos, de intuiciones, de cuerpos escuchándose.
Una hermandad sin esfuerzo.
Como un rincón arcoíris al que regresar cuando olvidamos dónde estamos.
La luz que aparece cuando nos quedamos
Un lugar que nos recuerda que la casa más importante que habitamos no es una ciudad, ni una familia, ni una historia.
Es este cuerpo.
Esta respiración.
Este instante.
Y quizá eso fue lo más nuevo de todo.
La luz.
No una luz que llega desde fuera.
Sino la que aparece cuando dejamos de mirar quién fuimos y empezamos a reconocer quién está aquí.
Ahora.
Todavía cambiando.
Todavía creciendo hacia formas que aún no conocemos.
Como toda buena cosecha antes de madurar.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.




