
El arte de preguntar
Hola, Mujer consciente…
Hay días en los que despierto con una pregunta dentro.
Todavía no tiene palabras.
Solo noto una pequeña inquietud en el cuerpo, una sensación que aparece mientras preparo el café, me visto o comienzo el día. Algo que no termina de estar en su sitio.
Antes necesitaba resolverlo enseguida.
Buscaba una respuesta, una certeza, algo que me devolviera la sensación de estar pisando terreno firme.
Con los años he aprendido a quedarme un poco más ahí.
En ese lugar incómodo en el que todavía no sé.
Y quizá una de las cosas que más ha cambiado mi manera de vivir ha sido precisamente esa: dejar de tener miedo a mis propias preguntas.
Las dudas también forman parte de mi camino
He dudado muchas veces de mí misma.
De mis decisiones.
De lo que sentía.
De lo que estaba haciendo con mi vida.
Durante mucho tiempo viví la duda como una interrupción de mi paz. Como si estar bien significara saber qué hacer, hacia dónde ir y qué respuesta dar.
Ahora la percibo de otra manera.
Una duda puede aparecer cuando algo dentro de mí todavía necesita ser mirado. A veces señala una contradicción. Otras veces, un miedo antiguo. Y otras simplemente me muestra que estoy atravesando un lugar nuevo y todavía no conozco el paisaje.
No necesito eliminarla inmediatamente.
Necesito escuchar qué pregunta contiene.
Mi manera de entender un universo holográfico
Cuando hablo de universo holográfico, no pienso en una teoría que tenga que explicar mi vida.
Es una forma de mirar.
Una manera de recordar que aquello que observo y aquello que sucede dentro de mí no siempre están tan separados como parecen.
Hay conversaciones que escucho al pasar y me tocan.
Frases que encuentro precisamente cuando llevo días pensando en algo.
Situaciones pequeñas que despiertan una memoria.
Una emoción aparentemente desproporcionada que me obliga a mirar hacia dentro.
No necesito decidir si todo ello es casualidad, sincronía o algo que todavía no sé nombrar.
Lo importante para mí es la atención.
Porque hay muchas cosas sucediendo delante de nosotras que no vemos simplemente porque estamos ocupadas buscando otra cosa.
Y cuando estoy presente, empiezo a reconocerlas.
Escribir una pregunta
Cuando una duda insiste, suelo escribirla.
No escribo páginas y páginas.
A veces basta una sola pregunta.
La escribo tal como aparece, sin intentar hacerla más inteligente ni más profunda.
Y ocurre algo muy sencillo: al verla fuera de mi cabeza puedo observarla de otra manera.
Una inquietud difusa comienza a tomar forma.
Las palabras me obligan a distinguir qué estoy preguntando realmente.
Porque no es lo mismo escribir:
¿Por qué me está pasando esto?
que detenerme y descubrir que, en realidad, mi pregunta es:
¿Por qué tengo tanto miedo de tomar esta decisión?
O quizá:
¿Qué temo perder si digo que sí?
A veces cambio una palabra y cambia toda la pregunta.
Y con ella cambia también el lugar desde el que estoy mirando.
Por eso he terminado comprendiendo algo que vuelve una y otra vez a mi vida:
no siempre necesito una respuesta mejor; a veces necesito una pregunta más verdadera.
La respuesta escondida en la pregunta
Muchas veces, después de escribir una duda, descubro que una parte de la respuesta ya estaba dentro.
No como una solución.
Más bien como una dirección.
Si pregunto por qué sigo permaneciendo en un lugar que ya no deseo, quizá lo importante esté precisamente en ese sigo permaneciendo.
Si me pregunto por qué necesito que alguien comprenda lo que estoy haciendo, quizá haya algo que mirar en ese necesito.
Las palabras dejan pequeñas huellas.
Cuando las observo sin apresurarme, empiezo a escuchar lo que estaba diciendo sin darme cuenta.
No siempre sucede.
Hay preguntas que permanecen abiertas durante mucho tiempo.
Y he aprendido también a respetarlas.
Lo que pertenece al pasado y lo que está sucediendo ahora
Algunas dudas no nacen únicamente de lo que está ocurriendo hoy.
Hay decisiones presentes que despiertan miedos antiguos.
Hay situaciones pequeñas que rozan memorias que creíamos olvidadas.
Hay momentos en los que reacciono desde una mujer que fui mucho antes de la mujer que soy ahora.
Reconocerlo cambia algo.
No porque el pasado desaparezca, sino porque puedo distinguirlo del presente.
Puedo sentir una emoción sin entregarle inmediatamente el gobierno de mi vida.
Puedo preguntarme:
¿Esto está sucediendo ahora o algo de ahora está despertando algo antiguo en mí?
A veces esa pregunta basta para crear un poco de espacio.
Un universo amable
Durante mucho tiempo pensé que necesitaba saber si el universo era hostil o amigable.
Hoy la pregunta me importa menos.
Me importa más observar cómo estoy habitando yo mi propia vida.
Hay días difíciles.
Hay pérdidas, cansancio, incertidumbre, relaciones que duelen y decisiones que no traen ninguna certeza.
Mi manera de mirar la vida no hace desaparecer nada de eso.
Pero sí puedo elegir desde dónde lo atravieso.
Puedo descansar cuando estoy cansada.
Puedo apartarme de aquello que continuamente me lleva al ruido.
Puedo dejar de participar en conflictos que no me pertenecen.
Puedo atender mis necesidades sin esperar a estar completamente agotada.
Puedo regresar al presente.
Y cuando hago estas cosas, la vida no se vuelve mágicamente perfecta.
Se vuelve más habitable.
Quizá eso sea para mí vivir en un universo amable.
No esperar que todo ocurra a mi favor, sino aprender a no vivir continuamente en contra de mí misma.
El arte de preguntar
Ahora sé que escribir mis dudas no es una técnica para conseguir respuestas.
Es una manera de mirar.
Cuando escribo una pregunta, tengo que detenerme.
Tengo que escuchar las palabras que estoy utilizando.
Tengo que reconocer lo que siento mientras las escribo.
Y en ese gesto sencillo algo se ordena.
No siempre encuentro claridad.
A veces encuentro otra pregunta.
Pero incluso eso puede ser suficiente.
Porque quizá vivir con menos incertidumbre no consista en tener cada vez más respuestas.
Quizá tenga que ver con aprender a permanecer delante de aquello que todavía no sabemos sin abandonar nuestra propia presencia.
Algunas preguntas llegan para ser respondidas.
Otras nos acompañan durante un tramo de la vida.
Y otras simplemente nos enseñan a mirar.
Últimamente, cuando una duda vuelve, ya no intento cerrarla tan deprisa.
La escribo.
La dejo delante de mí.
Y espero un poco.
A veces, mientras la miro, descubro que la pregunta ya había empezado a responderme.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.
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