
La sombra del padre y el lado dulce de la vida
Hola Mujer Consciente…
A veces creemos que nuestra relación con la comida habla de nutrición, cuando en realidad habla de algo mucho más antiguo.
Durante años observé cómo algunas personas buscaban desesperadamente lo dulce mientras otras parecían necesitar eliminar cualquier rastro de él.Con el tiempo dejé de mirar únicamente el plato y empecé a mirar la historia que cada una llevaba consigo.
Este texto nace de esa observación.No pretende ofrecer respuestas cerradas, sino abrir una conversación sobre la manera en que la figura del padre puede seguir habitando nuestro cuerpo, nuestras decisiones y nuestra forma de permitirnos disfrutar de la vida.
Cuando comprendí que no estaba buscando azúcar
Durante años pensé que mi relación con lo dulce era una cuestión de disciplina.
Si un día necesitaba chocolate, si terminaba la cena buscando algo más o si me costaba dejar el pan sobre la mesa, asumía que el problema estaba en mi fuerza de voluntad.
Con el tiempo descubrí que estaba mirando en el lugar equivocado.
Lo que buscaba no era azúcar.
Buscaba descanso.
Buscaba sentir que, por un instante, no tenía que demostrar nada.
La dulzura que no se encuentra en los alimentos
Fue entonces cuando empecé a comprender que el lado dulce de la vida casi nunca empieza en la comida.
Empieza mucho antes.
Empieza en la forma en que aprendimos a recibir cariño.
En si un abrazo nos resultaba natural o incómodo. En si había palabras de reconocimiento o solo exigencia. En si podíamos disfrutar sin tener que justificar ese disfrute.
Poco a poco entendí que lo dulce también era una tarde leyendo sin mirar el reloj, una conversación tranquila, una comida compartida, un paseo sin destino o la sensación de llegar a casa y poder bajar la guardia.
La historia que llevamos sin saberlo
Entonces apareció otra pregunta.
¿Por qué para algunas personas todo eso resulta tan sencillo y para otras parece casi imposible?
Ahí fue donde la figura del padre empezó a adquirir un significado diferente para mí.
No hablo solo del padre real.
Hablo de la imagen que construimos de él. De lo que vivimos a su lado. De aquello que quedó pendiente. Incluso de todo lo que nuestra madre pudo transmitirnos sobre él sin darse cuenta.
Desde una mirada simbólica, esa figura termina representando nuestra forma de movernos por el mundo. La confianza para ocupar un lugar, avanzar, tomar decisiones, sostener un proyecto o sentir que merecemos reconocimiento.
Sin darnos cuenta, llegamos a la vida adulta con una mochila que llevamos desde hace mucho tiempo.
Y muchas veces creemos que el peso pertenece al presente cuando, en realidad, lleva años acompañándonos.
La sombra no es el problema; es el lugar que aún no hemos mirado
Carl Jung escribió que todos tenemos una sombra y que cuanto menos conscientes somos de ella, más influencia ejerce sobre nuestra vida.
Con el tiempo comprendí que la sombra del padre no consiste en recordar todo lo que salió mal.
Consiste en descubrir cuánto de esa historia sigue viviendo dentro de nosotros.
A veces se manifiesta en el trabajo.
Otras, en la dificultad para disfrutar.
También puede aparecer en la forma en que buscamos el afecto o en la necesidad constante de demostrar nuestro valor.
Cuando el cuerpo también cuenta una historia
He conocido personas que viven con miedo al pan, a la pasta, al arroz o a las patatas.
Personas que sienten que cualquier alimento asociado al placer debe ser eliminado.
No creo que exista una explicación única para eso.
La alimentación responde a muchos factores y cada persona tiene sus propios motivos.
Pero desde la lectura simbólica que utilizo en consulta, a veces aparece algo más.
Como si rechazar esos alimentos fuera también una forma inconsciente de cortar con determinadas raíces, de alejarse de una historia familiar que pesa demasiado o de protegerse de emociones que todavía no encuentran palabras.
Lo mismo ocurre con las enfermedades.
Patologías como la diabetes necesitan seguimiento profesional. Sin embargo, algunas corrientes de psicología simbólica proponen explorar también el contexto emocional de la persona, no para sustituir la medicina, sino para ampliar la mirada sobre lo que está viviendo.
El día que dejé de intentar comprender a mi padre
Eso cambió completamente mi manera de observarme.
Dejé de preguntarme únicamente qué hacía.
Empecé a preguntarme qué intentaba sostener.
Un ejercicio sencillo me ayudó mucho.
Recordé a mi padre sin juzgarlo.
Su manera de caminar.
Sus manos.
Su voz.
Aquello que admiraba cuando era niña y aquello que, con los años, aprendí a rechazar.
Después pensé en los hombres importantes de mi vida.
No buscaba compararlos.
Solo quería descubrir qué sensaciones despertaban en mí.
Fue sorprendente comprobar cómo algunos patrones se repetían una y otra vez.
Entonces entendí que no estaba intentando comprender a mi padre.
Estaba intentando comprenderme a mí.
Tal vez la verdadera dulzura sea otra
Porque la sombra del padre nunca habla únicamente de él.
Habla del lugar desde el que aprendimos a vivir.
Y cuando empezamos a mirar esa historia con menos juicio y más curiosidad, algo cambia.
No desaparece el pasado.
Pero deja de dirigir el presente desde las sombras.
Quizá por eso hoy creo que reconciliarnos con el lado dulce de la vida no consiste en permitirnos comer un trozo de pastel sin culpa.
Consiste, sobre todo, en aprender a recibir aquello que durante tanto tiempo sentimos que no nos pertenecía.
Cuando la dulzura ya no necesita ser buscada
Hoy ya no busco la dulzura donde antes la perseguía.
He descubierto que no estaba escondida en un alimento ni en la aprobación de nadie. Siempre había estado esperando a que yo pudiera recibirla.
Ahora disfruto de un trozo de pan recién hecho, de una fruta madura, de una conversación que me hace sentir en casa o de una tarde sin obligaciones. Disfruto del cariño cuando llega, del descanso cuando el cuerpo lo pide y de los pequeños momentos que antes pasaban desapercibidos.
La sombra del padre dejó de ser un lugar oscuro cuando decidí mirarla con compasión. Al comprender lo que había sostenido durante tantos años, también pude soltarlo.
Y fue entonces cuando la vida empezó a tener otro sabor.
Un sabor más tranquilo.
Más sencillo.
Más verdadero.
La dulzura ya no es algo que necesite buscar.
Es un lugar en el que, por fin, habito.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.




