Haz ruido: que tu voz tenga lugar en la pareja

Hola, mujer consciente…

«Haz ruido hasta que te estallen los oídos». Así titulé la primera versión de este texto. Al volver a leerla, reconozco la intensidad desde la que escribía: las ganas de que algo se escuchara, de encontrar palabras que llegaran a esas mujeres que veía sufrir en sus relaciones sin conseguir comprender del todo lo que les estaba pasando.

También había una pregunta sobre mi propio trabajo: ¿estaba haciendo lo suficiente para compartir lo que la experiencia en consulta me había permitido comprender? Aquella inquietud salió con fuerza. Necesitaba hacer ruido.

Conservo esa emoción, aunque ahora quiero darle una expresión más precisa. Hazte escuchar. Expresa tus necesidades. Hay algo en ese paso que me importa: poder reconocer lo que sentimos y encontrar una forma de decirlo en la que estemos presentes, sin tener que esperar a que el malestar nos desborde.

A veces la emoción llega antes que las palabras. Sabemos que algo duele, nos irrita o nos distancia, pero todavía no sabemos explicar qué necesitamos. Darle tiempo y atención puede ayudarnos a pasar de «no puedo más con esto» a «esto es lo que me está ocurriendo y necesito que podamos hablarlo».

Pienso en mujeres adultas, madres, profesionales, capaces de sostener responsabilidades enormes, que se sienten desconcertadas dentro de su relación. Quieren a su pareja y valoran la vida que han construido. Sin embargo, hay momentos en los que no consiguen entenderse, expresar lo que necesitan o reconocer qué les está faltando.

La película Monsieur & Madame Adelman me ofrece una imagen desde la que acercarme a estas preguntas: una mujer con los ojos vendados que se deja guiar por la voz de su compañero.

Me detengo en ese gesto. En lo que significa confiar en alguien. En la tranquilidad de poder dar un paso sin tener que comprobarlo todo. Y también en lo importante que es poder decir «espera», «más despacio» o «por ahí no quiero ir».

Cerrar los ojos y confiar

En una relación hay momentos en los que necesitamos apoyarnos en la mirada del otro. Nadie puede verlo todo, comprenderlo todo ni sostenerlo todo a solas.

Podemos dejarnos acompañar cuando estamos cansadas, aceptar una perspectiva que no habíamos considerado o confiar en que alguien atenderá lo que ahora no alcanzamos a atender. Esa posibilidad forma parte de la intimidad.

Pero la imagen de los ojos vendados tiene un límite. Podemos cerrar los ojos un momento porque confiamos; seguimos necesitando nuestra voz para orientar lo que sucede.

Me interesa una confianza en la que ambos puedan hablar, preguntar y rectificar. En la que dejarse guiar sea una elección y en la que también haya espacio para detenerse.

Una película para mirar lo que ocurre entre dos

Monsieur & Madame Adelman, dirigida por Nicolas Bedos y escrita junto a Doria Tillier, recorre varias décadas de la relación entre Sarah y Victor. Ella es una mujer brillante; él, un escritor cuya carrera irá ocupando un lugar central en la vida de ambos.

La película combina humor, deseo, desencuentros, ambición y secretos. A través de su historia aparecen preguntas sobre el reconocimiento, el espacio que ocupa cada uno y la manera en que una pareja cuenta su propia vida.

Merece la pena verla por sus personajes, llenos de contradicciones, y por cómo va cambiando nuestra percepción de ellos. Hay ternura e incomodidad, momentos que acercan y otros que invitan a tomar distancia. Conviene dejarse sorprender y observar qué escenas siguen contigo después.

No la tomaría como un modelo de pareja. La encuentro más sugerente como una historia con la que conversar: ¿qué admiro de este vínculo?, ¿qué me cuesta mirar?, ¿qué lugar tiene cada uno en lo que han construido?

Caminamos juntos y vemos cosas distintas

Imagina que paseas de la mano de tu compañero. Vais por la misma calle, al mismo ritmo, quizá rozándoos al caminar. Tú reparas en una conversación que llega desde una terraza. Él se detiene ante el escaparate de una librería.

Compartís el paseo y vuestra atención se dirige a lugares distintos.

En la vida de pareja sucede algo parecido. Podemos compartir casa, hijos y años de convivencia sin vivir del mismo modo lo que ocurre. Lo que para uno es una tarde tranquila puede ser, para el otro, otra tarde sin conversación. Una propuesta puede sentirse como una muestra de interés o como una exigencia, según el momento y la historia de quien la recibe.

Los desencuentros necesitan ser explorados. A veces hay cansancio, una preocupación que no hemos contado o una expectativa que el otro desconoce. Otras veces se repite una forma de relacionarnos que conviene mirar con más profundidad.

Dar por hecho que sabemos lo que piensa nuestra pareja puede cerrar esa exploración demasiado pronto.

La historia que llevamos a la relación

Llegamos al amor con una experiencia previa de los vínculos. Hemos aprendido algo sobre pedir, cuidar, discutir, acercarnos o guardar silencio. Algunas de esas enseñanzas nos ayudan; otras necesitan ser revisadas.

Quizá en tu familia expresar una necesidad se vivía como una queja. Puede que aprendieras a anticiparte a todos para sentir que tenías un lugar. O que las diferencias se resolvieran dejando de hablar y ahora te cueste permanecer en una conversación incómoda.

Son posibilidades que merece la pena explorar cuando reconocemos algo de ellas en nuestra vida. Comprenderlas puede ayudarnos a distinguir lo que está ocurriendo ahora de lo que esa situación despierta.

La historia de tu pareja también participa en el encuentro. Por eso, aunque revisar tu experiencia puede darte más libertad, no te convierte en responsable de todo lo que sucede entre ambos. Hay una parte que te corresponde, otra que pertenece al otro y una forma de relacionaros que construís juntos.

Podemos influirnos profundamente sin ser la causa de cada emoción o respuesta de la otra persona.

Cuando una necesidad sale convertida en reproche

A veces pasamos tanto tiempo intentando adaptarnos que dejamos de reconocer lo que necesitamos. Seguimos adelante hasta que el cansancio encuentra salida en una discusión aparentemente pequeña.

«Nunca piensas en mí» puede contener muchas cosas: soledad, sobrecarga, ganas de compartir o la tristeza de sentir que siempre hay algo más urgente.

Para poder hablar de ello, ayuda detenerse y buscar una situación concreta.

Por ejemplo: «Esta semana hemos organizado todo lo de los niños, pero apenas hemos hablado de cómo estamos. Echo de menos tener un rato contigo».

O: «Cuando me preguntas qué hay que hacer en casa, sigo sintiendo que la organización depende de mí. Necesito que compartamos también esa responsabilidad».

Expresarlo así puede facilitar la comprensión. No garantiza una respuesta determinada, porque conversar requiere la participación de ambos. Tampoco significa que debas encontrar palabras perfectas para que lo que sientes merezca atención.

Un pequeño ejercicio para recuperar tu voz

Después de ver la película, o al reconocer un desencuentro propio, busca una hoja y un momento tranquilo. Elige una sola situación. No necesitas revisar toda vuestra historia.

Escribe primero lo que ocurrió de la forma más concreta posible: qué se dijo, qué se hizo y en qué contexto. Después completa estas tres frases:

  • Yo lo viví como…
  • Lo que necesitaba en ese momento era…
  • Lo que me gustaría poder expresar ahora es…

Imagina que habíais reservado una tarde juntos y tu pareja hizo otros planes sin hablarlo contigo.

El hecho sería: «Habíamos acordado pasar la tarde juntos y cambió los planes sin consultarme».

Tu vivencia podría ser: «Me sentí poco tenida en cuenta y pensé que no le apetecía estar conmigo».

La necesidad: «Quería compartir ese tiempo y participar en una decisión que también me afectaba».

Y lo que deseas expresar: «Para mí era importante esa tarde. Si necesitas cambiar un plan que hemos hecho juntos, quiero que lo hablemos antes».

Al terminar, fíjate en la diferencia entre lo que sabes y lo que has interpretado. Sabes que el plan cambió; quizá todavía no sabes por qué. Tu malestar sigue siendo real, aunque necesites preguntar para comprender mejor la situación.

Si te apetece llevarlo a una conversación, puedes hacerlo desde ahí. También puedes guardar la hoja y revisarla en consulta. El ejercicio habrá cumplido una función si te ayuda a reconocer con más precisión tu experiencia.

Hablar y observar qué ocurre después

Recuperar tu voz puede abrir posibilidades dentro de la relación. Quizá descubráis necesidades que habían quedado desatendidas o formas de organizaros que ya no sirven para el momento que estáis viviendo.

También importa lo que sucede después de hablar. Si podéis escucharos, si hay curiosidad por comprender y si los acuerdos encuentran continuidad en la vida cotidiana.

En el artículo «¿Me quedo o me voy? Cuando hay amor, pero también dudas» propongo detenerse en esas cuestiones antes de exigirnos una decisión. Aquí quiero poner el acento en un paso que a veces queda pendiente: reconocer lo que nos ocurre y darle palabras.

No siempre será la primera conversación. Tal vez ya hayas explicado muchas veces lo que necesitas. En ese caso, tu tarea puede ser observar qué respuesta existe y qué significa para ti, en lugar de seguir buscando una manera mejor de decir lo mismo.

Hazte escuchar

Aquellas ganas de hacer ruido siguen teniendo un lugar en mí. Me recuerdan que hay experiencias que necesitan salir del silencio. Ahora quiero darles palabras con las que podamos reconocernos: «Esto me importa», «esto me duele», «esto es lo que necesito». Una voz propia que pueda entrar en la conversación y encontrar escucha.

Puede ser una frase sencilla: «Esto me importa». Una petición concreta. Una conversación que has ido posponiendo. La decisión de buscar acompañamiento para entender por qué te cuesta tanto reconocer lo que deseas.

También pienso en mi trabajo y en la escritura. En el valor de compartir preguntas que ayuden a mirar las relaciones con más matices y a vivirlas con mayor participación.

Vuelve, si quieres, a la imagen de la mujer con los ojos vendados. Pregúntate qué te hace sentir y qué necesitarías para estar ahí con tranquilidad.

A mí me lleva a una forma de confianza en la que puedo dejarme acompañar y seguir diciendo cómo estoy. Saber que mi voz tiene lugar, incluso cuando todavía no sé hacia dónde quiero caminar.

 

 

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Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.


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