Retrato en tonos sepia de dos hermanas que sonríen con las cabezas juntas.

Confianza entre hermanas. Fantasmas de la memoria colectiva

Hola, mujer consciente…
Hay fantasmas que se parecen mucho a una fotografía antigua. Tú has cambiado, has vivido, has aprendido a hacer las cosas de otra manera, pero alguien sigue mirándote desde aquella imagen.
La pequeña. La responsable. La que nunca se entera. La que puede con todo.
A esto me refiero cuando hablo de los fantasmas de la memoria colectiva: a la memoria que una familia guarda de quienes la componen. Abuelos, padres, hermanos, tíos, primos… Toda una tribu que nos conoció mientras crecíamos y que conserva una idea de nuestra persona.
Aunque hayas perdido el contacto con parte de ella, esa historia sigue formando parte de tu origen. Y, en ocasiones, cuando das un paso para avanzar, te encuentras con aquella versión de ti. En la mirada de los demás y también en la tuya.
Porque hay papeles que seguimos interpretando incluso cuando ya nadie nos los pide.

Una tira de papel y una mascarilla

Este texto nace de uno de esos detalles que quedan flotando al terminar Autoescucha. Flecos de una conversación que continúa mientras recogemos.

La escena ocurrió hace unos años, cuando todavía utilizábamos mascarilla. Una participante salió del baño sin darse cuenta de que arrastraba una tira de papel higiénico. La imagen me recordó al perrito del anuncio de papel. Poco después volvió a entrar porque había perdido la mascarilla.

Dos pequeñas incidencias seguidas. Mientras la buscábamos, mi atención se detuvo en ellas.

«Toca leer las señales», pensé.

Cuando hablo de señales me refiero a esa manera de mirar en la que un detalle cotidiano despierta una asociación. Algo parecido a lo que sucede con los sueños: una imagen nos cuenta una historia según el momento que estamos viviendo.

En mi lectura simbólica, la mascarilla me llevaba a la protección, al ambiente, a lo que dejamos entrar. El papel higiénico, a lo que eliminamos, a lo que ya ha cumplido su función.

Sincronías en ese universo holográfico con el que a veces pienso la experiencia: un pequeño fragmento que me invita a mirar el conjunto.

Es una lectura que propongo, una imagen con la que trabajar. Su sentido necesita encontrar eco en quien la escucha.

Actualiza tu sistema operativo

El post que habíamos recomendado aquella semana hablaba precisamente de eso: ACTUALIZAR.

Actualizar la forma de pensar. Revisar lo que seguimos dando por cierto. Observar si una respuesta que nos ayudó en otro tiempo sigue siendo adecuada hoy.

Me gusta la imagen del sistema operativo porque permite preguntarnos qué instrucciones continúan ejecutándose por costumbre.

«Mejor no digo nada».

«Mi hermana siempre ha sido así».

«Si yo no me encargo, nadie lo hará».

«En mi familia nunca hemos podido hablar de estas cosas».

A veces reconocemos esas frases enseguida. Otras las descubrimos por sus efectos: volvemos a callarnos, a justificarnos, a ocupar el mismo lugar.

Cuando utilizo imágenes como limpiar, digerir o soltar, hablo de una experiencia que podemos explorar. El cuerpo tiene sus propios procesos y sus síntomas requieren una valoración que no puede deducirse de una metáfora. El lenguaje simbólico me sirve para abrir preguntas sobre lo que vivimos.

¿Qué sigo reteniendo de aquella historia? ¿Qué conversación doy por imposible antes de intentarla? ¿Qué idea de mi hermana necesita una actualización?

Las hermanas comparten mesa

En aquella edición de Autoescucha estuvimos hablando de las transiciones y de la CONFIANZA.

Y apareció la mesa.

Las hermanas compartimos una parte de la memoria de inicio: personas, lugares, palabras, costumbres. Un modo de sentarse a la mesa, de pedir, de esperar, de discutir o de guardar silencio.

Aunque esa memoria tenga elementos comunes, cada una la ha vivido desde su lugar. Incluso aquello que recordamos juntas puede tener un significado distinto para cada una.

En mi lenguaje simbólico, la mesa se relaciona con el alimento y con la forma de procesar lo que recibimos. Por eso recurro a la imagen del estómago y el bazo al hablar de estas experiencias. Me ayuda a pensar qué podemos recibir de la otra, qué nos cuesta asimilar y qué seguimos rumiando.

Compartir origen no significa pensar igual. La confianza necesita espacio para descubrir quién es hoy esa hermana que creemos conocer desde siempre.

Un vínculo recuperado al detalle

Hay una pregunta que me he hecho más de una vez: ¿por qué en ocasiones siento que he de guardar con tanto celo la relación maravillosa que tengo con mis hijas y con mi hermana?

Si lo vivo como algo valioso, ¿qué temo al contarlo?

Mi hipótesis es que, en algunos espacios, se hace presente el dolor que otras mujeres guardan alrededor de esos vínculos. Y yo misma puedo anticiparlo, medir mis palabras, sentir que debo proteger algo que quiero.

Ahí vuelven los fantasmas colectivos. También los míos.

Si celebro estos vínculos es porque han sido recuperados al detalle, paso a paso, como quien recupera un monumento histórico. Hay trabajo en esa recuperación. Hay historia. Y, durante ese proceso, he sentido muy presente la memoria de las mujeres de mi familia y de sus relaciones entre hermanas.

Cuando digo «nos queremos», necesito preguntarme cómo se vive ese querer. Qué lugar encuentra en lo cotidiano, más allá de las fiestas o de una comida de vez en cuando.

¿Podemos hablar de algo difícil? ¿Puedo alegrarme de lo que te sucede sin compararme? ¿Puedes verme cambiar? ¿Puedo dejar de ocuparme de todo sin sentir que te abandono?

Ahí sitúo la confianza entre hermanas.

La pequeña también ha crecido

A veces seguimos hablándole a una mujer adulta como si todavía fuera la niña que conocimos.

La pequeña tiene que demostrar que sabe. La mayor parece obligada a saber siempre. La que fue protegida encuentra dificultades para decidir por sí misma. La que cuidaba sigue sintiéndose responsable de todas.

Esos lugares merecen una revisión. Habrá familias en las que aparezcan de otro modo y otras en las que apenas tengan peso. Hace falta escuchar cada historia.

También podemos observar si algo de esa posición se repite fuera de casa. En el trabajo, por ejemplo: cuando pedimos permiso, cuando nos cuesta confiar en una compañera o cuando asumimos una tarea que nadie nos había encargado.

Esa semejanza puede abrir una pregunta. Después habrá que mirar las condiciones de esa relación, lo que está ocurriendo ahora y lo que cada una aporta a ella.

Dejar sitio a la mujer de hoy

La hermandad de la que hablo necesita libertad. Cercanía, sí, y también límites. Poder compartir sin tener que contarlo todo. Poder acompañar sin decidir por la otra.

Hay historias en las que recuperar la confianza será posible. En otras hará falta distancia, al menos durante un tiempo. El valor de un vínculo no obliga a soportar cualquier manera de vivirlo.

Quizá actualizar nuestra memoria familiar empiece por algo tan concreto como escuchar una respuesta que no esperábamos. Preguntar en lugar de dar por hecho. Reconocer que la otra también ha vivido cosas que desconocemos.

Los fantasmas de la memoria colectiva se alimentan de esas imágenes que permanecen inmóviles: quién eras, qué podías hacer, cómo debías comportarte.

Mujer consciente, vuelve un momento a esa fotografía.

Mira a tu hermana. Mírate tú.

¿Cuánto tiempo hace que no os preguntáis quiénes sois ahora?

 

—

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.


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