
I believe in miracles: cuando empiezas a escribir tu propia historia
Hola Mujer Consciente…
Hace poco le decía a una mujer que algunos de los problemas que llevaba tiempo intentando superar, con poco éxito, parecían pedirle algo diferente. No más esfuerzo. No otra estrategia. Quizá necesitaba aumentar su vibración tomando conciencia de un nivel más trascendente de su propia realidad.
Hay momentos en los que seguir haciendo lo mismo, incluso hacerlo mejor, ya no sirve. Hay que mirar desde otro lugar.
I believe in miracles. Do you?
El otoño suele traerme esa sensación. Los días empiezan a recogerse, la luz cambia y el cuerpo parece saber antes que nosotros que ha llegado el tiempo de volver hacia dentro. Y mientras pienso en algunos de los procesos que comienzan, no puedo evitar que se me salten un poco las lágrimas ante algo que he observado muchas veces: la enorme dificultad que tienen algunas personas para poner por escrito lo que piensan, lo que sienten o, sencillamente, lo que les ocurre.
¡Si supieran cuánto puede revelar esa dificultad!
A veces propongo escribir y aparece un silencio. «No sé qué poner». Otras veces llega una página llena de explicaciones sobre lo que han hecho los demás, lo que alguien les dijo, lo que deberían hacer o lo que creen que se espera de ellas. Pero cuando la pregunta es «¿y tú qué piensas?», el papel vuelve a quedarse en blanco.
Recuerdo una escena que podría pertenecer a muchas personas que he acompañado. Una mujer sentada frente a una hoja, bolígrafo en mano, intentando empezar. Había hablado durante largo rato, con enorme facilidad, de su familia, de su trabajo, de las decisiones de otros, de todo aquello que estaba sucediendo a su alrededor. Sin embargo, cuando llegó el momento de escribir unas líneas que comenzaran por yo, no pudo hacerlo.
No era falta de inteligencia. Tampoco falta de sensibilidad. Quizá durante demasiado tiempo su experiencia había sido contada desde fuera.
La forma en la que hemos sido escuchados
Aprender a expresarnos no comienza cuando aprendemos las letras. Empieza mucho antes. En la manera en que fuimos mirados, escuchados y nombrados. En el espacio que tuvieron nuestras preguntas. En si alguien se interesó por lo que pensábamos o sentíamos sin apresurarse a corregirlo, interpretarlo o sustituirlo por su propia versión.
La forma en la que eres escuchado, contado y hasta cantado durante los primeros años va dejando un territorio desde el que, poco a poco, podrás contar tu propia historia.
Por eso, cuando una persona necesita que otro la escuche para poder saber lo que piensa, no veo necesariamente una incapacidad. Veo una pista. Tal vez ha aprendido a organizar su realidad a través de las palabras de los demás. Tal vez ha tenido pocas oportunidades de detenerse ante su propia experiencia y preguntarse: ¿qué pienso yo?, ¿qué siento yo?, ¿cómo contaría esto si nadie fuera a corregirme?
Y ahí aparece la escritura.
No hablo de escribir bien. Ni de tener cultura, vocabulario o talento literario. Hablo del gesto mucho más elemental de poner una palabra detrás de otra y descubrir que esas palabras son tuyas.
Escribir obliga a detenerse. Cuando hablamos, alguien nos mira, asiente, pregunta o completa los silencios. La conversación nos sostiene. Frente a una hoja, en cambio, durante unos minutos no hay nadie al otro lado. Estás tú.
Y quizá por eso escribir puede resultar tan incómodo.
La hoja no responde. No confirma. No te dice si estás en lo cierto. Te devuelve tus propias palabras y te obliga a reconocerlas.
Cuando empiezas a escribir tu propia historia
Con el tiempo he llegado a pensar que escribir nuestra historia es también una forma de afianzarnos en el mundo. No porque la escritura sea superior a otras formas de expresión, sino porque nos permite observar nuestra experiencia, darle continuidad y distinguir nuestra voz entre todas las voces que hemos ido incorporando.
A veces el pequeño milagro ocurre precisamente ahí. Una persona comienza escribiendo «no sé qué decir» y, unas líneas después, aparece algo que llevaba años sin poder nombrar: una decisión, un enfado, un deseo, una tristeza, una verdad sencilla.
Y cuando esa palabra aparece escrita delante de ella sucede algo difícil de explicar: ya no puede fingir del todo que no lo sabía.
Quizá por eso sigo creyendo en los milagros. No necesariamente en aquellos que alteran las leyes del mundo, sino en esos otros, mucho más discretos, que ocurren cuando una persona empieza a reconocerse en su propia vida. Cuando deja de caminar únicamente bajo la luz de las ideas de otros y comienza a aportar su propia experiencia de la realidad.
Cuando puede decir: esto es lo que he vivido. Esto es lo que pienso. Esto es lo que siento.
Y desde ahí, elegir.
La antigua llamada del otoño
El otoño vuelve a hacerse presente con esa antigua llamada al recogimiento. Durante miles de años nuestros antepasados observaron la luz, las estaciones y los ciclos de la tierra. Nosotros vivimos de otra manera, pero seguimos habitando un cuerpo que conoce los ritmos aunque muchas veces hayamos dejado de escucharlos.
Quizá honrar el camino evolutivo humano tenga también algo que ver con esto: recibir las historias que nos precedieron sin quedar atrapados en ellas. Escuchar las voces de quienes estuvieron antes sin confundirlas para siempre con la nuestra.
Y, llegado el momento, tomar una hoja en blanco y atrevernos a escribir nuestra propia historia.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.
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