Mujer contemplando en silencio un paisaje de montañas al atardecer, en un momento de quietud.

El cielo dentro de la montaña

Hola, Mujer Consciente…

Hay momentos en la vida de una mujer en los que algo deja de empujar desde fuera y todavía no sabemos qué está naciendo dentro. Durante un tiempo, ese silencio puede parecernos vacío. Hasta que empezamos a habitarlo.

Cuando nada me llama

Durante mucho tiempo pensé que avanzar significaba que algo tenía que estar sucediendo. Una idea que me entusiasmara, un proyecto que me reclamara, una conversación que abriera una puerta, una persona con la que apareciera esa sensación inequívoca de posibilidad.

Estaba acostumbrada a reconocerme así: algo aparecía en el mundo y yo respondía. Veía posibilidades donde otros quizá no las veían. Entendía rápidamente qué podía aportar. Conectaba ideas, personas, experiencias. Una parte importante de mi inteligencia se había desarrollado precisamente en ese intercambio con el mundo. Y durante mucho tiempo tuvo sentido.

Pero ahora ocurre algo extraño. Miro alrededor y casi nada me llama. No siento rechazo ni tristeza. Simplemente no aparece el movimiento. Veo cosas que podría hacer y no siento necesidad de hacerlas. Escucho conversaciones en las que podría intervenir y no necesito hacerlo. Reconozco lugares donde mi experiencia podría ser útil y, sin embargo, algo dentro de mí permanece quieto.

Al principio intento comprenderlo. Me pregunto si estaré perdiendo interés, si debería moverme más, buscar nuevos estímulos, conocer otras personas, iniciar algún proyecto. Provocar de alguna manera aquello que no está apareciendo espontáneamente. Pero cada vez que intento hacerlo noto una resistencia silenciosa. No es miedo, no exactamente. Es más bien una voz sin palabras que dice: todavía no.

Aprender a no llenar el vacío

Empiezo a comprender que quizá llevo demasiado tiempo interpretando la quietud como ausencia. Tal vez aquí también está ocurriendo algo.

Así que dejo de buscar durante un momento. No como una decisión solemne. Simplemente dejo de preguntarle al mundo qué tiene preparado para mí. Leo, pienso, camino, observo. Tengo alguna conversación. A veces algo despierta una pequeña curiosidad y después desaparece. Antes habría intentado seguir el hilo, habría pensado: quizá aquí hay algo. Ahora puedo dejar que desaparezca. No todo tiene que convertirse en camino.

Poco a poco empiezo a notar algo que antes me habría resultado difícil reconocer: estoy bien sin saber todavía qué viene después. Hay una parte de mí que sigue queriendo comprender, pero otra, más profunda, parece no necesitar respuesta.

Esa parte sabe algo que mi pensamiento todavía no sabe formular. Sabe que he acumulado mucho: años de experiencia, personas, decisiones acertadas, errores, intuiciones, conocimientos, decepciones. Éxitos que en su momento parecían importantes y que ahora veo de otra manera. Situaciones difíciles que me obligaron a desarrollar capacidades que entonces ni siquiera sabía que estaba desarrollando.

Durante años pensé que todo aquello era mi trayectoria. Ahora empiezo a sospechar que era también otra cosa: una lenta construcción interior.

Mi medida interior

Todo lo vivido estaba formando una manera de mirar, de distinguir, de comprender personas y situaciones. Una manera de saber cuándo algo tiene sustancia y cuándo solamente tiene apariencia, de reconocer lo que merece mi energía.

Lo llamo criterio, aunque sé que la palabra se queda pequeña, porque ya no siento que sea simplemente algo que poseo. Empieza a parecerse a quien soy.

Y quizá por eso tantas cosas han dejado de interesarme. No porque el mundo se haya empobrecido, sino porque mi medida interior ha cambiado. Durante mucho tiempo podía entrar en una situación preguntándome qué podía aportar. Ahora aparece primero otra pregunta, mucho más silenciosa: ¿quiero realmente estar aquí?

Descubro que poder aportar ya no es suficiente. Ser capaz tampoco. Que algo sea interesante intelectualmente, incluso que una oportunidad sea objetivamente buena, puede no bastar. Tiene que haber algo más.

No sé todavía qué nombre tiene ese algo y quizá no necesito saberlo. Sólo sé reconocer cada vez mejor cuándo no está.

Eso produce una extraña sensación de vacío. Cuando muchas cosas dejan de tener suficiente densidad, el paisaje exterior parece despoblarse y durante un tiempo puede parecer que no hay nada. Pero empiezo a contemplar otra posibilidad: quizá no estoy ante un paisaje vacío. Quizá estoy aprendiendo a no llenarlo.

El cielo dentro de la montaña

Entonces aparece ante mí la imagen de una montaña. Dentro de ella está el cielo: una enorme extensión contenida dentro de una forma inmóvil.

Durante mucho tiempo habría pensado que el cielo necesita salir, expandirse, manifestarse. Hacer algo con toda esa fuerza. Ahora puedo imaginar otra cosa. El cielo no está atrapado. Está siendo guardado. La montaña no le dice que no pueda existir; le dice que no necesita convertirse inmediatamente en acción.

Algo en esa imagen me tranquiliza porque reconozco mi propio momento. Mi experiencia sigue aquí. Mi inteligencia sigue aquí. Mi deseo sigue aquí, aunque ahora no tenga objeto. Mi capacidad de crear, colaborar, orientar, conectar y construir sigue aquí. Nada de eso ha desaparecido.

Simplemente ha dejado de estar disponible para cualquier cosa.

Y quizá esto sea nuevo. Durante mucho tiempo mi energía estuvo acostumbrada a responder. Ahora está aprendiendo a elegir. O quizá algo todavía más profundo: está aprendiendo que también puede no elegir.

Puede permanecer dentro de mí sin desperdiciarse. No tengo que demostrar que sigo siendo capaz ni transformar inmediatamente mi experiencia en utilidad. No tengo que convertir cada conversación interesante en una posibilidad. No necesito saber cuál será mi siguiente identidad profesional.

Puedo simplemente estar aquí.

Quién soy cuando no estoy haciendo

Y entonces empiezo a descubrir quién soy cuando no estoy haciendo nada con quien soy. Al principio resulta desconcertante. Después empieza a sentirse extrañamente amplio.

Mi identidad ya no depende tanto de una función. No desaparece cuando no hay proyecto. No necesita una oportunidad para hacerse visible. Ni siquiera necesita que alguien la reconozca. Está conmigo.

Quizá eso sea lo que se está integrando. No una nueva profesión, una nueva etiqueta ni siquiera una nueva versión de mí misma. Algo más sencillo y, a la vez, más difícil: una sensación de centro.

Desde ahí puedo mirar mi vida anterior sin necesidad de repetirla. Agradecer lo que fui sin tener que seguir siendo exactamente aquello. Reconocer mis capacidades sin sentirme obligada a utilizarlas. Mirar hacia adelante sin fabricar todavía una dirección. Puedo dejar que el mundo exista frente a mí sin preguntarme continuamente dónde encajo yo en él.

Hay algo profundamente nuevo en eso. Ya no estoy buscando compulsivamente el lugar donde aportar. Estoy descubriendo desde qué lugar quiero vivir.

Reconocer el movimiento

Tal vez algún día algo aparezca. Una conversación, una persona, una pregunta, un proyecto. Una situación que todavía no puedo imaginar. Quizá entonces ocurra algo muy sencillo: no tendré que convencerme ni construir una narrativa para justificarlo. No tendré que preguntarme obsesivamente si ése es «el siguiente paso».

Algo en mí se moverá. Y reconoceré ese movimiento precisamente porque he conocido antes esta quietud.

Pero tampoco necesito que eso ocurra pronto. Ésta es quizá la parte que más me cuesta comprender y, al mismo tiempo, la que empieza a liberarme: este momento no tiene por qué ser solamente el pasillo que conduce al siguiente. También es mi vida.

No estoy esperando a que empiece otra etapa. Estoy viviendo ésta. Una etapa en la que observo más de lo que intervengo, recibo más de lo que produzco y dejo sedimentar aquello que durante años estuvo en movimiento. Una etapa en la que mi experiencia deja lentamente de ser una colección de cosas que he hecho y se convierte en una forma propia de estar en el mundo.

Quizá eso sea madurar. No necesariamente saber más

—

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.


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