
La razón por la que entras en la cocina y olvidas a qué ibas
Hola Mujer Consciente…
¿Entras en la cocina y se te olvida a qué ibas?
¿Te ocurre que relees el mismo párrafo dos o tres veces antes de darte cuenta de que no has retenido nada?
¿Empiezas una frase y pierdes el hilo a mitad de camino?
¿Vas a buscar algo a otra habitación y regresas con cualquier cosa excepto aquello que habías ido a buscar?
Si es así, quizá hayas pensado alguna vez que estás más despistada de lo normal.
Pero probablemente no sea eso.
Hace un tiempo observé a una mujer quedarse inmóvil en mitad de su cocina. Había entrado con decisión, como quien sabe exactamente lo que necesita hacer.
Dos segundos después estaba mirando alrededor sin recordar por qué había entrado allí.
Abrió un armario.
Lo cerró.
Miró la cafetera.
Luego la ventana.
Y sonrió con esa mezcla de resignación y humor que aparece cuando una empieza a reconocer sus propios hábitos.
Lo que ella aún no sabía era que su memoria no estaba fallando.
Su cerebro simplemente estaba intentando sostener demasiadas cosas al mismo tiempo.
La mujer que llevaba veinte pestañas abiertas en la cabeza
Entró en la cocina con decisión.
Dos segundos después estaba inmóvil.
Abrió un armario.
Lo cerró.
Miró la cafetera.
Luego la ventana.
Después sonrió con esa mezcla de resignación y humor que aparece cuando una ya se conoce demasiado bien.
—¿A qué había venido yo aquí?
La escena habría parecido insignificante si no fuera porque llevaba semanas ocurriéndole lo mismo.
Releía correos.
Olvidaba pequeños encargos.
Saltaba de una tarea a otra sin terminar ninguna.
Y empezaba a sospechar que algo no funcionaba como antes.
Pero la realidad era mucho menos dramática.
Su cerebro estaba haciendo exactamente aquello para lo que había sido diseñado.
Recordar lo que aún no estaba resuelto.
El curioso efecto que mantiene lo pendiente encendido
La psicología conoce este fenómeno como efecto Zeigarnik.
La psicóloga Bluma Zeigarnik descubrió que las personas recuerdan mucho mejor las tareas inacabadas que las terminadas.
Cuando algo queda pendiente, el cerebro mantiene una especie de tensión cognitiva que nos impulsa a regresar a ello.
Lo terminado se archiva.
Lo inconcluso permanece activo.
Como una pestaña abierta.
Y una sola pestaña no supone ningún problema.
El problema aparece cuando llevamos veinte.
O treinta.
O cuarenta.
Porque el cerebro sigue consumiendo recursos para recordar cada una de ellas.
El mensaje sin responder.
La llamada pendiente.
La decisión que seguimos posponiendo.
La conversación que deberíamos tener.
Ese trámite que llevamos semanas prometiéndonos resolver.
Nada parece urgente por separado.
Pero todo junto ocupa espacio.
No estamos olvidando más cosas, estamos intentando recordar demasiadas
La mujer de la cocina no tenía un problema de memoria.
Tenía demasiados finales abiertos.
Mientras preparaba el desayuno pensaba en un correo pendiente.
Mientras respondía el correo recordaba una cita que debía pedir.
Mientras buscaba la cita aparecía un proyecto que seguía sin decidir.
Y mientras intentaba resolver ese proyecto, otra tarea reclamaba atención.
Su mente parecía una recepcionista gestionando demasiadas llamadas simultáneas.
O una camarera intentando recordar los pedidos de todas las mesas del restaurante.
No era torpeza.
Era sobrecarga.
Y hay una diferencia importante entre ambas.
Porque una nos hace desconfiar de nosotras mismas.
La otra simplemente nos invita a cerrar algunos ciclos.
El día que descubrió un pequeño alivio
Una tarde decidió hacer algo sencillo.
Cogió una libreta.
Y escribió.
No para organizarse.
No para planificar.
No para convertirse en una versión más eficiente de sí misma.
Simplemente vació sobre el papel todo aquello que seguía ocupando espacio en su cabeza.
La llamada.
El correo.
La decisión.
La compra pendiente.
La idea que no quería olvidar.
Nada quedó resuelto.
Y sin embargo ocurrió algo inesperado.
Sintió más silencio.
Como si el cerebro hubiera dejado de repetir constantemente:
«no te olvides de esto, no te olvides de aquello».
Como si alguien hubiera anotado finalmente los pedidos de todas las mesas.
Quizá no necesitas esforzarte más
Vivimos en una época que nos invita a interpretar cualquier distracción como una carencia personal.
Si olvidamos algo, creemos que debemos concentrarnos más.
Si estamos saturadas, pensamos que debemos organizarnos mejor.
Si nos sentimos dispersas, intentamos exigirnos todavía más.
Pero a veces la respuesta es mucho más sencilla.
A veces necesitamos menos carga invisible.
Menos asuntos abiertos.
Menos energía atrapada en aquello que aún no hemos cerrado.
No siempre podemos terminarlo todo.
Pero sí podemos dejar de sostenerlo todo al mismo tiempo.
Una forma más amable de mirarnos
La mujer de la cocina sigue entrando en habitaciones y olvidando a qué iba.
Le sigue ocurriendo.
Como nos sigue ocurriendo a muchas.
La diferencia es que ahora ya no lo interpreta como una señal de que algo falla.
Lo interpreta como una pista.
Un recordatorio de que quizá lleva demasiadas historias abiertas dentro de la cabeza.
Y cuando se descubre mirando una habitación sin recordar por qué ha entrado, suele sonreír.
Porque ha aprendido algo tranquilizador.
Muchas veces no es que el cerebro esté funcionando peor.
Es que está trabajando demasiado para intentar cuidar de todo lo que aún no hemos terminado.
Y quizá hoy no necesitemos hacer más.
Quizá baste con cerrar una sola pestaña.
A veces una es suficiente para que vuelva a entrar un poco de luz.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.




