Mujer sentada junto a una ventana iluminada por luz natural, en un momento de calma y reflexión, conectando con su cuerpo y sus ritmos interiores.

Doy a mi cuerpo toda la paz que necesita

Hola Mujer Consciente…

Cada vez estoy más convencida de que la paz no es una meta.

Es una forma de caminar.

Hay una forma femenina de habitar la vida

Durante mucho tiempo pensé que llegaría cuando resolviera ciertos asuntos, cuando desaparecieran algunas preocupaciones o cuando las circunstancias fueran más favorables. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado algo distinto.

La paz comienza mucho antes.

Comienza en el cuerpo.

Y el cuerpo siempre sabe.

Sabe cuándo una conversación sigue abierta dentro de nosotras. Sabe cuándo una preocupación ocupa demasiado espacio. Sabe cuándo estamos sosteniendo algo que ya no nos corresponde llevar.

Por eso, una de las decisiones más importantes que he tomado es dar a mi cuerpo toda la paz que necesita.

Preservar aquello que me sostiene

Adoro mis rutinas.

No porque me gusten las estructuras rígidas, sino porque me ayudan a recordar quién soy cuando el mundo acelera.

He aprendido a reconocer mi propio ritmo y a protegerlo de todo aquello que lo desestabiliza.

Hay una sabiduría silenciosa en respetar nuestros tiempos naturales.

Dormir cuando necesitamos descanso.

Callar cuando necesitamos silencio.

Alejarnos de aquello que introduce ruido, presión o desasosiego en nuestra vida.

La paz no suele aparecer de golpe.

Se construye en pequeñas elecciones cotidianas.

El arte de observar la propia vida

Cada semana procuro detenerme.

Observar.

Escuchar.

Preguntarme cómo me he sentido.

Qué ha funcionado.

Qué podría mejorar.

Qué he aportado.

Qué sigo sosteniendo sin necesidad.

Con el tiempo he comprendido que la observación consciente transforma la experiencia.

Cuando observo, registro.

Cuando registro, comprendo.

Y cuando comprendo, puedo elegir.

Quizá esa sea una de las capacidades más valiosas que poseemos como seres humanos: la posibilidad de participar conscientemente en nuestra realidad.

No para controlar la vida.

Sino para relacionarnos mejor con ella.

El cuerpo nunca miente

A veces basta mirarnos al espejo.

El rostro suele reflejar aquello que estamos procesando.

El cansancio.

La preocupación.

La alegría.

La serenidad.

Nuestro cuerpo habla constantemente.

Mucho antes de que la mente encuentre las palabras.

Por eso he aprendido a escucharlo.

Porque rara vez se equivoca.

Quizá el cuerpo sea la inteligencia más antigua que poseemos.

La más fiel.

La más paciente.

La que continúa enviando señales incluso cuando dejamos de prestar atención.

Y cuanto menos entrenada está nuestra mente para comprender lo que vivimos, más trabajo tiene que hacer el cuerpo para sostenerlo.

La aceptación también es paz

Hay otra forma de cuidado que he ido aprendiendo con los años.

Mirarme con honestidad.

Reconocer mis limitaciones.

Mis contradicciones.

Mis carencias.

Mis zonas todavía inmaduras.

Pero hacerlo con amor.

Sin castigo.

Sin dureza.

Sin convertir la autocrítica en una forma de violencia.

Cuando una mujer puede verse completa, deja de reaccionar ante cada reflejo que le ofrece el mundo.

La aceptación profunda tiene algo liberador.

Desactiva muchos conflictos antes de que lleguen a existir.

Lo femenino como equilibrio

Con el tiempo también he comprendido que existe una forma femenina de estar en el mundo.

No es una oposición a la razón.

No es una renuncia a la acción.

Es una manera distinta de percibir.

Más global.

Más intuitiva.

Más receptiva.

Más respetuosa con los ritmos de la vida.

Como el agua, busca el camino de menor resistencia.

No por debilidad.

Sino por inteligencia.

Porque comprende que la vida ya contiene suficientes desafíos como para añadir resistencia donde no es necesaria.

En los espacios profesionales, en las relaciones y en la vida cotidiana, siento que el mundo necesita recuperar parte de esta mirada.

No para sustituir nada.

Para equilibrarlo.

Los recuerdos que ya han cumplido su función

A veces también es necesario vaciar.

Hay recuerdos que continúan ocupando espacio mucho después de haber terminado.

Experiencias.

Conversaciones.

Versiones antiguas de nosotras mismas.

Aprender a soltar también forma parte del cuidado.

No porque el pasado carezca de valor.

Sino porque necesitamos espacio para que entren nuevas experiencias.

Nuevos encuentros.

Nuevas memorias.

La vida necesita lugares disponibles para seguir ocurriendo.

Los conflictos y los nudos del tiempo

Con los años procuro juzgar cada vez menos.

He observado que los conflictos, tanto individuales como colectivos, parecen detener algo del movimiento natural de la vida.

Como si el tiempo quedara suspendido alrededor de una herida que todavía no ha sido comprendida.

Las discusiones familiares.

Los litigios.

Las rupturas.

Las guerras.

Cada conflicto parece señalar una lección pendiente acerca del valor de la vida.

Y mientras esa comprensión no llega, el movimiento permanece retenido.

Quizá por eso veo los conflictos como nudos en el tejido del tiempo.

Nudos que esperan ser desatados.

No para olvidar lo ocurrido.

Sino para poder seguir avanzando.

La paz siempre mira hacia adelante

Cuando tengo una duda importante ya no me pregunto qué opción es más brillante.

Ni cuál parece más rápida.

Ni cuál impresiona más.

Me pregunto algo mucho más sencillo.

¿Qué elección me aporta más paz?

Y casi siempre descubro que el cuerpo ya conocía la respuesta.

Mucho antes de que la mente comenzara a buscarla.

Porque la paz no suele gritar.

La paz susurra.

Y cuando aprendemos a escucharla, comienza a mostrarnos el camino.

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.

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