Mujer caminando despacio por una calle tranquila al amanecer, con luz suave y tonos neutros que transmiten calma y presencia.

Tu presencia calma mi alma: vivir con consciencia

Tu presencia calma mi alma

“No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos.”

Esta semana he caminado más despacio.
No por cansancio, sino por atención.

He ido recogiendo imágenes sueltas, una mirada, un gesto mínimo, alguien que espera sin apurar, y hoy he entendido que todas hablaban de lo mismo: de espejos y de testigos. De esas personas que, sin decir mucho, ordenan algo dentro.

No siempre son quienes dan consejos.
A veces son quienes permanecen.

Personas que no empujan, no corrigen, no exigen. Simplemente están. Y en ese estar, algo se aquieta.

Hay personas que funcionan como espejos amables. No devuelven una versión idealizada de nosotros, sino una imagen posible: completa, o al menos en proceso de completarse. Al mirarnos en ellas, no sentimos urgencia por cambiarnos, sino permiso para reconocernos.

Personas que suman sin invadir.
Que han trabajado lo suficiente su propia sombra como para no proyectarla. Y por eso, al reflejarnos en ellas, aparece algo de nuestra propia luz.

También están quienes comprenden el valor de la presencia. No como concepto, sino como acto cotidiano. Estar cuando avanzamos, estar cuando dudamos, estar incluso cuando no sabemos qué hacer con lo que sentimos. Permanecer mientras el otro se mueve. Acompañar sin dirigir.

Pienso que esta intuición no llega por casualidad. Tiene algo que ver con los procesos de acompañamiento consciente, con ese reclamo tan básico y tan poco atendido: ser y permanecer al lado de quienes amamos.

Conocer su estado sin interrogarlos.
Saber, apenas al verlos cruzar la puerta, si algo pesa o si algo se ha aligerado.

Ese te veo silencioso que no arregla la vida, pero a veces neutraliza lo que duele y permite que lo que está bien respire mejor.

Escribo esto porque me hace bien.
Porque dejar constancia de estas imágenes de presencia ordena.

Lo que soy es lo que ofrezco.
Y una vida consciente empieza ahí.

Vivir con consciencia no es una consigna elevada. Es algo más sencillo, y más incómodo: escucharte y decidir en consecuencia. Revisar qué actividades, vínculos y elecciones están alineados con tus valores y cuáles no. Distinguir, poco a poco, lo que inspira de lo que desgasta.

Aquello que nos inspira suele traducirse en convicción, en coherencia, a veces incluso en salud. No porque sea mágico, sino porque hay menos fricción interna.

Y aquello que nos expira, lo que drena, lo que no encaja, también deja huella. Si se atiende, puede transformarse en cambio, en nuevos proyectos, en ajustes necesarios. Si se ignora, suele manifestarse de otras formas: en el cuerpo, en el trabajo, en los vínculos.

Una vida consciente no promete plenitud constante.
Pero, a veces, vale la pena.

No porque todo mejore, sino porque deja de vivirse a ciegas.

El cambio no suele depender de lo que ocurre fuera. Depende, en gran medida, de lo que cada uno se atreve a mirar dentro. De los retos pequeños, repetidos, nada heroicos. De no esperar siempre que alguien más resuelva lo que nos corresponde atravesar.

En el camino de la consciencia no hay grandes autopistas.
Hay sendas estrechas.

Todo ocurre bajo los pies.
Y, a veces, basta con que alguien camine cerca, sin adelantarse, para que el trayecto sea habitable.

Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.

Escritura consciente

Sobre la autora

Ana Ávila

Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.

Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.

Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.

Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.

Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.

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