
Calma: escuchar lo que una canción despierta en ti
Hola, mujer consciente…
Cuando necesitas calma, quizá pienses en la playa, en pasear sin tener que llegar a ninguna parte, en una mirada que te recibe con ternura. En dejar pasar el tiempo sin sentir que deberías estar haciendo otra cosa.
Cada una tiene sus imágenes. Lugares, personas o pequeños gestos que asocia con poder descansar. A veces, una canción los reúne y nos devuelve, durante unos minutos, una sensación que echábamos de menos.
El mensajero musical
Uno de los recursos que me gusta explorar en Auto Escucha es la música que aparece en nuestra vida cotidiana: los temas con los que nos despertamos, los que tarareamos mientras hacemos algo, esa frase que vuelve sin que sepamos muy bien por qué.
Los llamo mensajeros musicales. Me interesa detenerme en lo que despiertan: un recuerdo, unas ganas de bailar, una tristeza, el deseo de estar en otro lugar o con alguien.
No creo que cada canción contenga un mensaje fijo que debamos descifrar. Una melodía puede acompañarnos porque la hemos oído muchas veces, porque nos gusta su ritmo o porque algo de su letra nos toca de cerca. La pregunta empieza ahí: ¿qué encuentro yo en ella?, ¿qué parte me quedo repitiendo?
Escucharla puede ser una forma sencilla de prestarnos atención.
Vamos pa’ la playa, pa’ curarte el alma
Hay canciones que parecen ofrecernos unas vacaciones enteras en pocos minutos. El mar, el baile, una mano que busca la nuestra, el sol cayendo. Por un momento, la vida cabe en esa escena.
La canción Calma me lleva a preguntarme qué buscamos cuando deseamos escapar un rato de todo. Puede haber ganas de diversión, de encuentro amoroso, de placer. También cansancio. Necesidad de que alguien nos acompañe sin pedirnos nada o de recuperar un tiempo que sentimos siempre ocupado.
Me interesa esa diferencia porque, a veces, elegimos un plan sin haber escuchado qué esperamos de él.
Podemos salir buscando descanso y volver más cansadas. Buscar compañía cuando necesitamos intimidad. O querer un encuentro amoroso y descubrir que también deseábamos conversar, reírnos, quedarnos un rato sin prisa.
No siempre lo sabemos de antemano. Podemos reconocerlo mientras lo vivimos.
La ternura también tiene su tiempo
La calma puede estar en una pareja, en una amistad, en la relación con una hermana o con una madre, cuando ese vínculo permite descansar. También en un paseo a solas o en una tarde sin compromisos.
Pienso en el tiempo de hacer castillos en la arena. En esa dedicación que, vista desde fuera, parece no servir para nada y, sin embargo, llena una tarde. Estar allí, tocar la arena, buscar agua, volver a empezar.
Hay algo de ese tiempo en la ternura: una atención que no necesita apresurar el momento para llegar a otro sitio.
Por eso me importa la presencia. Poder hablar sin competir con una pantalla. Sentir que alguien escucha la respuesta cuando pregunta cómo estás. Compartir un silencio sin tener que llenarlo enseguida.
Amar lleva tiempo. Pide presencia, escucha, mirada, acompañamiento.
¿Qué le estamos pidiendo al encuentro?
Nuestra historia puede ofrecer pistas sobre cómo vivimos el cariño: qué nos resulta familiar, qué nos cuesta pedir, cuándo sentimos que debemos esforzarnos para merecer atención. Son preguntas que necesitan espacio y una historia concreta para poder comprenderse.
A veces, en una relación, se mezclan deseos distintos. Una persona busca placer; otra espera que ese encuentro confirme que es querida. O ambas quieren acercarse, pero no saben expresar cómo.
La sexualidad puede contener juego, ternura, intensidad y calma. También puede convertirse en un lugar de exigencia cuando sentimos que debemos demostrar algo, satisfacer siempre o asegurar con nuestro cuerpo la permanencia del otro.
Escucharnos permite empezar a distinguir qué estamos viviendo. ¿Lo deseo? ¿Estoy a gusto? ¿Puedo decir lo que necesito? ¿Hay espacio para cambiar de ritmo o detenerme?
Son preguntas que también caben en un encuentro amoroso.
Darle nombre a la calma
En Auto Escucha me interesa abrir ese tiempo para reconocer lo que nos pasa antes de apresurarnos a explicarlo.
Una canción puede ser el comienzo. Escuchar qué imagen trae, dónde nos lleva, qué sentimos al repetirla. Quizá nos hable de alguien. Quizá de unas ganas de vivir con más ligereza. Quizá solo nos regale un rato de baile, que también tiene su valor.
Y, si lo que aparece es una necesidad de calma, poder darle un lugar. Preguntarnos cómo sería hoy, en nuestra vida concreta.
A veces empieza por algo tan pequeño como dejar una tarde libre y descubrir qué nos apetece hacer con ella.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.
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