
Manhã de Carnaval y la condición de no mirar atrás
Hola Mujer Consciente…
Llevo semanas despertando con la misma melodía rondándome el pecho.
Manhã de Carnaval suena como una promesa antigua, como si alguien hubiera dejado una ventana entreabierta en mitad de la noche. No sé en qué momento esa música empezó a arrastrar el nombre de Orfeo hasta mi mesa de trabajo, pero ha sido insistente.Ayer, por fin, busqué la historia.
Como si necesitara comprobar que lo que intuía era real.
El descenso: cuando el amor baja a la sombra
Eurídice muere y Orfeo desciende al inframundo para recuperarla. No con armas. No con fuerza. Con música. Con una fe casi ingenua en que el amor puede atravesar la sombra.
Y entonces aparece la condición.
Caminar delante.
No mirar atrás.
No comprobar.
No asegurarse.
Seguir avanzando aunque no oiga sus pasos.
El instante en que se gira
Hay un momento en el relato que siempre me detiene.
No es grandioso. No es épico. Es mínimo.
En Las Metamorfosis, Ovidio lo narra así:
“Y ya, saliendo de los valles infernales,
Orfeo avanzaba, llevando tras de sí a Eurídice;
mas temiendo que ella faltase
y deseando verla, volvió los ojos.
Al instante ella resbaló hacia atrás…
y, tendiendo los brazos,
quiso asirse a él y ser asida;
pero no abrazó sino el aire que se desvanece.”
No es el desamor lo que rompe el regreso.
Es el miedo.
Es el deseo de comprobar.
Volver los ojos.
Ese gesto tan humano.
Infiernos o inviernos
Hay algo en esa premisa que me ha estado rondando estas semanas.
No mirar atrás cuando estás tratando de rescatar a tu amor de los infiernos.
¿O será de los inviernos?
Porque a veces el inframundo no es un lugar mitológico.
Es una estación del alma.
Un cuarto sin ventanas.
Una versión de mí que se quedó detenida.
Procesos abiertos: avanzar sin detenerse
En consulta lo veo una y otra vez. Procesos abiertos como puertas entreabiertas. Mujeres que han descendido demasiado hondo y ahora intentan volver a la superficie sin saber si aquello que aman, su deseo, su confianza, su cuerpo, las sigue.
Y la única premisa que parece sostener el regreso es esa: avanzar sin volverse.
No por frialdad.
Por supervivencia.
Orfeo Negro y la belleza que no evita la pérdida
La música vuelve.
Manhã de Carnaval tiene algo de sueño y de despedida. No es casual que me llevara hace años a ver Orfeo Negro, esa película luminosa y casi onírica donde el mito se mezcla con el carnaval y el calor de Río de Janeiro.
Allí la tragedia sucede entre tambores y colores. Como si la belleza no impidiera la pérdida. Como si el amor no garantizara el regreso.
Morfeo y el territorio del sueño
Pienso también en Morfeo, el dios de los sueños. El que modela las formas que visitan la noche. A veces creo que el descenso no es solo al inframundo, sino al territorio onírico donde todo parece posible y frágil a la vez.
Quizá por eso la condición era no mirar atrás.
Porque mirar es querer fijar lo que todavía está naciendo.
Es intentar dar forma definitiva a algo que aún es tránsito.
Cierre abierto
Hay procesos que solo avanzan si aceptamos no verificar cada paso.
Si renunciamos a la certeza inmediata.
Si caminamos confiando en que lo que amamos, incluso nosotras mismas, nos sigue.
Hoy la melodía vuelve a sonar mientras escribo. No sé si habla de Orfeo, de Eurídice o de mí. Tal vez de todas las veces que he tenido que cruzar un invierno sin saber si la primavera caminaba detrás.
Sigo avanzando.
Y, por ahora, no me giro.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.




