
Los hijos de Buda: atención, conciencia y vida en familia
Hola, mujer consciente
A veces la vida nos habla cuando ya estamos preparadas para escuchar.
No lo hace con grandes revelaciones. Lo hace a través de pequeñas interrupciones. Una imagen que se cruza en nuestro camino. Una palabra que regresa. Una canción que aparece en el momento preciso.
Aquella semana yo caminaba acompañada por una extraña sensación de extrañeza hacia mí misma. Como si algo se estuviera reorganizando en silencio bajo la superficie de lo cotidiano.
No sabía entonces que una sencilla figura de Buda terminaría convirtiéndose en la puerta de entrada a una reflexión mucho más profunda.
Una actualización interior
Ayer salí a comprar y me llamó la atención una figura de Buda a la que normalmente no habría prestado atención. Más tarde, en el coche, mientras escuchaba la radio, sonó una pieza titulada Los hijos de Buda. No era especialmente zen, pero consiguió algo más importante: detenerme.
Y cuando algo logra detenerme, suelo escuchar.
Llevo unas semanas viviendo un movimiento interno difícil de explicar. No se trata de un cambio visible ni de una decisión concreta. Más bien siento que algo en mi forma habitual de percibirme se ha reordenado silenciosamente.
Esta mañana desperté recordando conceptos que hace años utilizaba con frecuencia: mente búdica, conciencia crística, naturaleza original. Expresiones que con el tiempo dejé de emplear porque cada persona las interpreta de una manera distinta y porque suelen quedar atrapadas en discursos que terminan alejándonos de la experiencia directa.
Sin embargo, al despertar, esos viejos conceptos regresaron a mi memoria.
Hacer sencilla la vida
Desde hace décadas mi interés ha sido siempre el mismo: hacer más sencilla la experiencia de vivir.
Y dentro de vivir incluyo el desarrollo humano, la madurez emocional y la integración de todo aquello que somos.
Con los años descubrí que podía dejar a un lado gran parte de la parafernalia religiosa, metafísica o esotérica y quedarme únicamente con aquello que podía observar directamente en mí.
Lo que percibo es que, en determinados momentos, el sentido habitual del yo se afloja.
No desaparece.
Simplemente pierde protagonismo.
Entonces surge una sensación extraña. Como si los apegos habituales quedaran en segundo plano. Como si la necesidad de controlar, poseer o definir las cosas se relajara por completo.
Cuando esto ocurre viviendo en familia resulta una experiencia curiosa. Porque una parte de ti observa la vida con enorme claridad mientras otra intenta recordar cómo volver a encajar en la normalidad cotidiana.
Durante varios días me sentí así.
Como suspendida entre dos formas de estar en el mundo.
Y sí, confieso que en estos períodos siempre temo acabar cogiendo unas tijeras y hacerme un corte de pelo radical.
Ya me ha ocurrido antes.
El arquetipo del ermitaño
Quizá por experiencias como esta siempre me han interesado más los procesos internos que las figuras externas.
El monje, el ermitaño, el asceta o el peregrino representan algo profundamente humano.
No son únicamente personajes históricos o religiosos.
Son posibilidades de nuestra propia conciencia.
Jung observó que determinadas imágenes aparecen una y otra vez en culturas muy distintas. Entre ellas se encuentra la figura del anciano sabio, representada simbólicamente por el Ermitaño.
No se retira porque rechace el mundo.
Se retira porque necesita escuchar algo más profundo.
Con los años he llegado a pensar que esta función ya no necesita ser proyectada exclusivamente sobre monasterios o figuras espirituales. También puede vivirse en medio de una familia, en una cocina, durante un paseo o mientras resolvemos los desafíos ordinarios de la vida.
Volver a mí
Hoy he despertado con mi humor habitual.
He reconocido a la persona que desayunaba conmigo en la cocina y le he ofrecido mi mejor sonrisa.
Por primera vez en toda la semana he sentido que volvía a tocar tierra.
Y todo ello sin seguir ninguna práctica formal de meditación.
Mi camino durante estos casi treinta años ha sido mucho más sencillo: prestar atención.
Atención a lo que siento.
Atención a lo que me inquieta.
Atención a aquello que me da paz.
Atención a los conflictos.
Atención a los vínculos.
Atención a la vida tal como se presenta.
Para ello cualquier herramienta puede ser válida: caminar, escribir, leer, hacer ejercicio, ordenar una habitación, resolver una conversación pendiente o atravesar una dificultad cotidiana.
Atención
Cierto día un hombre común preguntó al maestro zen Ikkyu:
—Maestro, ¿podría escribirme algunas máximas sobre la más alta sabiduría?
Ikkyu tomó su pincel y escribió:
Atención.
—¿Eso es todo? —preguntó el hombre.
Entonces escribió:
Atención, atención.
El hombre insistió:
—No veo mucha profundidad en lo que ha escrito.
Ikkyu volvió a escribir:
Atención, atención, atención.
Ya irritado, el hombre preguntó:
—¿Y qué significa exactamente atención?
Ikkyu respondió:
—Atención significa atención.
El corazón que llevamos dentro
Con el tiempo comprendí que gran parte de nuestro sufrimiento aparece cuando dejamos de escuchar lo que sentimos de verdad.
No porque los sentimientos tengan siempre razón.
Sino porque contienen información que necesita ser atendida.
Cuando nos empeñamos en tener razón, cuando nos encerramos en nuestras posiciones o cuando dejamos de reconocer al otro como parte de la misma experiencia humana, algo se endurece en nuestro interior.
Y ese endurecimiento se siente.
Se siente en el cuerpo.
Se siente en el corazón.
Quizá por eso las grandes tradiciones espirituales terminaron utilizando el corazón como símbolo.
No como una idea romántica.
Sino como un recordatorio de nuestra capacidad de conexión.
Vida en familia y evolución humana
Estos treinta años han sido, sobre todo, un viaje de atención.
Un viaje que me ha permitido reconocer dos grandes maestros: el amor y la presencia.
No considero que haya recorrido un camino espiritual.
Lo considero simplemente el camino de la vida.
Y si hay un lugar donde observo con más claridad nuestros retos de crecimiento y madurez es precisamente la familia.
Es allí donde aprendemos a integrar cuerpo y mente.
Individualidad y vínculo.
Libertad y responsabilidad.
La convivencia nos muestra constantemente quiénes somos y quiénes todavía estamos aprendiendo a ser.
Por eso sigo pensando que crecer junto a una pareja, unos hijos, unos padres o unos hermanos es una de las formas más profundas de evolución humana.
Porque es el amor el que despierta el deseo de convertirnos en mejores personas.
Y es la ausencia de ese amor la que, muchas veces, nos mantiene atados a lo que ya fue.
—
Este texto forma parte del universo literario de Ana Ávila.Escritura consciente
Sobre la autora
Escribe sobre los umbrales de la vida y los procesos en los que una mujer deja atrás una identidad para comenzar otra forma más consciente de estar en el mundo.
Su obra explora los momentos silenciosos de transformación personal: cuando el pasado encuentra su lugar, cuando las referencias cambian y cuando una mujer aprende a regresar a sí misma.
Autora de El Cuento de Lúa.
Amazonas. Conciencia de género más allá de la identidad,
y Viajeras del Umbral.
Su escritura nace de la experiencia y de la observación de los procesos reales de transformación interior.
Quizá volver a una misma nunca fue un destino.
Quizá siempre fue el camino.




