Mujer de espaldas en un paisaje invernal, envuelta en abrigo claro, con el viento moviendo una tela ligera en un momento de pausa y escucha interior.

Y colores en el viento descubrir: una experiencia de autoescucha consciente

Hola, mujer consciente…

Hay textos que no nacen para explicar nada.
Este es uno de ellos.

Estas impresiones sobre el curso AutoEscucha: “Y colores en el viento descubrir” llegan como llegan ciertas canciones: sin avisar, rozando primero el cuerpo y solo después el pensamiento. Pinceladas sueltas, algo de luz, algo de aire. Lo suficiente para que algo dentro empiece a moverse.

Enero como territorio interior

Enero es un tiempo que invita a cuidar a la niña interior. Un espacio propicio para que recuerdos de infancia y de temprana juventud regresen con suavidad. Los traigo a la luz y los archivo con más claridad. Fueron momentos bonitos, con algo de sombra aún, y ahora puedo mirarlos de otra manera, como en esa película donde desaparecen las esferas azules de tristeza.

Pienso que sí se puede.
Hablar claro.
Sentir el cuerpo libre de ocupaciones.
Conocer realmente a la pareja.
Llegar a un nivel de entrega pleno.

Estas premisas bastan para reconocer el trabajo personal que se despliega con el tiempo. Un recorrido interno que permite ver el propio espejo y avanzar desde dentro.

La base invisible del año

Enero pone la base del año. Aquello que se mira con nuevos ojos en lo cotidiano acaba convirtiéndose en la energía que lo sostiene todo. Estar atenta a las interacciones, a las situaciones, a la forma de relacionarme con los demás. A veces surge la sensación de que ciertas palabras llegan justo a donde algo se estaba moviendo por dentro.

El curso se convierte entonces en un regalo para los oídos.
Resuena una idea simple y profunda: cada hombre lleva dentro una mujer; cada mujer lleva dentro un hombre. Y aparece una comprensión silenciosa: la sensación de completud no depende de fuera. Se construye dentro, poco a poco.

El cuerpo como lugar de escucha

La música y las palabras mecen algo antiguo. Regresa esa ilusión de la infancia por descubrir, explorar, vivir y sonreír. Al seguir el hilo, la emoción encuentra su propio ritmo. Las distintas mujeres internas se fortalecen y la antigua etiqueta de La Pequeña comienza a disolverse.

En el camino aparecen imágenes claras: un espacio limpiado a fondo, sin rastro de lo que fue fuego. Todo despejado. Todo disponible para empezar de nuevo. Enero vuelve a mostrar la relación con los demás, con la verdad, con lo que gusta y lo que no. Revisar vínculos se vuelve inevitable cuando algo deja de resonar.

Es vital volver a saber conectar con la niña interior: permitir momentos desinhibidos, incluso locos, y, sobre todo, expresar lo que somos. Hablar con claridad libera y afina la presencia consciente a la hora de decidir qué decir, qué hacer y cómo decirlo.

Lo que permanece

No son las palabras exactas lo que permanece, sino la atmósfera: el silencio entre frases, la respiración que sostiene la conversación, la intención que guía lo dicho.

Con cada edición de este curso se afianza la conexión con la mujer que soy. Integrar, desintegrar y volver a integrar. Observar cómo cada gesto, cada pausa, cada música va encontrando su lugar en el día a día consciente.

La precisión del aprendizaje se revela en lo sutil: distinguir lo que es gusto de lo que es placer, sentir cómo el cuerpo responde a cada movimiento, reconocer qué nutre y qué no.

Algunas lecciones se quedan, sin imponerse:

– Hablar claro, con sinceridad y respeto
– Usar el gusto para observar, no para cargar
– Vivir sin “hacerse mayor” como posibilidad real
– Saber parar a tiempo para que la vida fluya
– Explorar dimensiones de experiencia más allá de lo literal

Y al final, la música. El pecho que vibra sin necesidad de entender. Las lágrimas que aparecen como ajuste fino del cuerpo. No hay nada que hacer. Solo quedarse. Dejar que el viento ordene los colores.

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